Una editora lloronaEstoy “editando” la novela Memoria del Silencio, de Uva de Aragón, que será el próximo lanzamiento de Eriginal Books en Amazon Kindle Store.  No es que una escritora de la altura de Uva de Aragón necesite que yo la edite, es más bien una revisión de la “prueba de galeras”. Para ser más exacta, de lo que se trata es de leer su obra en el “kindle previewer” para encontrar los gazapos del HTML.

Pues bien, iba por el Capítulo 6, Y si vas al Cobre quiero que me traigas… cuando  rompí en un sollozo sordo. Primero fue una lágrima  que brotó rebelde sin mi asentimiento. Luego no pude contenerme más. Fue un borbotón continuo, un llanto largo y amargo. Sucedió cuando leía el fragmento donde Lauri, la hermana que vive en Miami, se entera por una llamada telefónica de la muerte de su abuela.

¿Por qué el llanto? Recordé cuando recibí en Ottawa una llamada telefónica a las seis de la mañana y mi  hermana me anunció la muerte de mi papá. Yo me fui de Cuba sin decirle que “me iba”, lo abrace sin que él supiera  —ni yo tampoco— que no nos íbamos a ver nunca más.

Aquí el desconsuelo de Lauri:

Lloro porque mi abuela se ha muerto y hacía diez años que no la veía… porque lo supe cuando ya la habían enterrado… porque mientras agonizaba yo estaba en una boda, ajena a que ella exhalaba su último suspiro… Lloro porque nunca conoció a mis hijos ni les pudo enseñar las mismas canciones que a mis hermanos y a mí… Había una vez un barquito chiquitico… había una vez un barquito chiquitico… Lloro por la casa de  La Sierra, con sus canteros de vicarias y crotos… porque ya no veré a Mamá Luya despertarse de la siesta, ponerse aquella absurda faja de cordones que sacaba del armario oscuro y su vestido estampado, y sentarse en la terraza, los labios recién pintados con aquel color clarito de Coty… Lloro por los cuentos que ya no me hará… porque nunca más oiré su voz, ni oleré su fragancia a jazmines, ni sentiré la suavidad de su cutis, ni fijará en mí su mirada azul acero.  Lloro porque está muerta, sin moverse, bajo la tierra, en esa tumba que tantas veces visitamos juntas para ponerle flores a mi abuelo, y ni siquiera allí puedo ir a acompañarla… lloro por mis padres, y por Menchu, y por Pedritín y por Julio Eduardo que vino de Cuba a morir en Vietnam y está enterrado en Nueva York, donde en el invierno la tierra se cubre de nieve y no sé si tendrá frío… lloro porque Johnny tenía que ir al colegio en Miami con la camisa de La Salle y se reían de él… y porque  Menchu no quiso venir para mi primer parto… y porque acaba de decirme que Pedro Pablo se parece a nosotras y porque mi esposo cree que los de allá son todos comunistas… Lloro porque Mamá Luya ya no me hará natilla ni me dejará comerla calientica de la cazuela ni vendrá a cuidarme cuando me enferme… y porque mi hijo saluda en la escuela otra bandera… y canta twinkle twinkle little star… ¿Por qué no me esperaste, Mamá Luya? ¿Por qué cuando regrese no estarás ya en el descanso de la escalera como cuando te vi la última vez?  ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué estoy aquí, rodeada de inglés por todas partes, cuando en La Habana —esa Habana de luz y consignas— han muerto Mamá Luya y mi infancia?