Marlene, Maritza y José Moleón

Era cerca de las seis de la mañana, hace nueve años, cuando el teléfono de mi casa en Ottawa timbró impertinente.  Era mi hermana Maritza para anunciarme que papá había muerto. Como dato curioso recuerdo que en ese instante yo estaba soñando con él.  Hacia muchísimo tiempo que no soñaba con mi padre, ni lo tenía siquiera presente en la memoria.

 Como ocurrió a tantos otros cubanos, no asistí a sus funerales. Me fui de Cuba sin decirle que “me iba”. Poco antes de la partida lo abracé sin que él supiera  —ni yo tampoco— que no nos veríamos nunca más.

Más de una persona me ha preguntado por  qué una obra tan crítica de la Revolución Cubana (En la isla de los pregones) la he dedicado a mi padre, José Moleón,  un Comandante de la Revolución. Es simple. Por tres razones.

La primera: porque era mi padre y yo lo amaba. Una de las peores situaciones que puede sufrir una persona es tener que renegar de sus padres. Creo que la familia tiene que estar por encima de cualquier diferencia política.

Segundo: porque mi padre era una persona decente. A la Revolución Cubana se unieron, y en ella creyeron,  muchas personas decentes. Él nunca perteneció a la elite de poder, y lo que hizo toda su vida fue trabajar por construir una Cuba mejor, incluso relegando a su familia a un segundo plano. Era tozudo, lo que en Cuba llaman “cuadrado”, pero con su  ejemplo personal de dedicación al trabajo y austeridad ganaba el respeto de todos sus subordinados.

El día que murió iba caminando por la Avenida 26 en Nuevo Vedado  a buscar el panecillo que le tocaba por la “libreta” de racionamiento. Tuvo un infarto fulminante y quedó tendido en la acera. Una vecina avisó a mi hermana, quién enseguida fue al lugar. Pero no lo podían mover, porque  había que esperar por el personal de la morgue –que en Cuba llaman “medicina legal”- y no había gasolina para que pudieran desplazarse hacia donde él yacía. Así estuvo tirado en medio de la calle, por varias horas, hasta que una vecina piadosa  le echó una sabana encima.

Cuando empecé a salir con mi actual esposo, Juan Antonio Blanco, mi padre me dijo y repitió desde el inicio: “ese muchacho tiene problemas ideológicos”. Ese es el sambenito que le cuelgan a alguien en Cuba cuando se tiene una opinión disidente, y a veces tan solo un criterio diferente. Siempre que me visitaba, se iba enfadado porque discrepaba de los puntos de vista de mi esposo. Sin embargo, poco a poco, allá por 1989, cuando cayó el muro de Berlín, oía callado las inevitables tertulias políticas con las que en aquella isla termina cualquier reunión familiar. Luego, llegó a hacer alguna que otra pregunta, y nunca más me mencionó los problemas ideológicos de Juan Antonio.

¿Se arrepintió mi padre de haberse unido a la Revolución? No lo creo.  Pero apostaría a que llegó a percatarse de que el fruto de sus sacrificios no se parecía mucho a sus sueños. Tal vez no tuvo una escisión mayor debido a la lógica del jugador de póker, que muy bien explica el  brillante físico Armando Rodríguez:

Mientras más tiempo y esfuerzo se emplea en materializar una ilusión más difícil resulta la objetividad, funciona aquí por tanto el efecto “póker”. Este es el mecanismo que opera sobre el jugador que ha percibido que su mano tiene escasas posibilidades, pero no se resigna a perder lo ya apostado y sigue aumentando la apuesta.

Tercera: porque mi novela, En la isla de los pregones, no es una “obra crítica” de la Revolución Cubana, sino  una reflexión de cómo se involucraron en ella muchas personas diferentes. Algunas decentes y otras no. Y no por mostrar las páginas de horror y locura vividas por los cubanos por poco más de medio siglo me abstengo de lanzar la interrogante acerca de si es posible una reconciliación entre los cubanos. Creo que a mi papá le hubiese gustado eso. Por eso a él va dedicada mi novela.