Por Cristóbal Díaz Ayala

PRÓXIMO LANZAMIENTO EN AMAZON KINDLE STORE

Memoria del Silencio

 

La novela es muchas veces un exorcismo, de lo vivido o lo soñado.  Sabe Dios cuántas páginas del Quijote y las Novelas Ejemplares fueron realmente aconteceres en la vida de Cervantes.  Lo que diferencia la novela del simple diario o de la crónica, es que lo sustancial no es lo sucedido, sino como se recuerda y aliña para convertirlo en algo distinto, pero igual en sus esencias.  Generalmente también, el novelista acude muy temprano en su carrera a sus recuerdos para ensamblar sus tramas, quizás cuando todavía no están a punto; y es que las remembranzas, como los buenos vinos, hay que dejarlos hacerse en el tiempo.  Afortunadamente De Aragón acude a ellos cuando tiene ya la madurez necesaria, cuando están a punto de usarse sabiamente.  La novela refleja una buena parte de sus vivencias, pero traídas después de pasar por el trámite de la reflexión, de la ponderación.  Quizás por eso el título de “Memoria del Silencio”: Son las cosas que se piensan ahora de lo que se hizo y se dijo, y que por supuesto, no estaban antes en la memoria.  Al igual que el vino recién embotellado no tiene recuerdos perceptibles, el paso de los años nos traerá al destaparlo, olores, colores sabores, que no tenía antes.

De Aragón, sino es geminiana de nacimiento, lo es de espíritu.  Ya en su libro de ensayos de 1993, “El caimán ante el espejo”, ese afán de descubrir la verdad con la introspección que puede catalizar un reflejo, ese buscarse a sí mismo en una imagen que da un otro, que es también yo, fue eficazmente usado por la autora.  Y en definitiva, su búsqueda es la de la verdad, o por lo menos de su verdad, de que cosa es ser cubano, como dijera en “El caimán ante el espejo”.  El argumento de “Memoria del Silencio” es sencillo:  Dos hermanas gemelas, Menchu y Lauri criadas en el seno de una familia de clase media cubana, a las que sorprende la revolución cuando están empezando su juventud.  Como las hojas de la tormenta en la famosa novela de Ling Yutang, se separan, quedándose Menchu en Cuba y Lauri emprendiendo el camino del exilio.  La novela nos contará su primer reencuentro en Miami, pasados muchos años y su segundo reencuentro en La Habana, poco después.  Por el medio, corre el río de la vida, con las dos protagonistas tan distintas y tan iguales al mismo tiempo, desarrollándose en  medio diferentes, rodeadas de familiares y amigos en ambos.  En ese sentido es clara, la alegoría a la situación cubana.  Ambas, representan la familia cubana dividida, y separadas metafóricamente por el muro del Malecón.

Mi lectura de la novela es que las gemelas son en realidad la misma autora, que en la vida real tiene una hermana (aunque no gemela) y lo que ha hecho es dividirse o proyectarse, qué hubiera sido de ella de haberse quedado en Cuba, y qué fue realmente de ella, saliendo de Cuba.  De Aragón descubre el artilugio casi al final de su novela, cuando pone en boca de Lauri: “A través de mi hermana he aprendido mucho de la vida en Cuba, he podido darme cuenta de que somos iguales ella y yo… Menchu es el espejo de lo que yo fuí y pude haber sido”.  En consecuencia, ambas hermanas tienen rasgos de lo que es la autora, y al mismo tiempo, de lo que no es ni fue la autora.  Este desdoblamiento permite un discurso dialéctico entre el pensar diferente de las hermanas, equilibrado, realista, sensato, humano.  La autora hábilmente se ha desembarazado de uno de los problemas que aqueja a este tipo de novela: para crear el telón de fondo de los hechos históricos en que se desenvuelven sus personajes, explicación de la situación cubana vista de adentro y de afuera, generalmente es necesario poner en labios de los personajes largos parlamentos retóricos.  De Aragón resuelve esto con un tercer personaje: La historia, que se va contando a sí misma.  En efecto, se van intercalando párrafos provenientes de noticias o comentarios publicadas dentro y fuera de Cuba, a lo largo y lo ancho de los años del proceso revolucionario.  Son voces múltiples, que cuentan cada una la historia a su manera.

Es como el gran coro de la tragedia griega, que va recordando en cada momento, que el destino no lo hacen los personajes, sino que será el destino el que vaya haciendo o deshaciendo sus vidas.

Aligerar a los personajes de este fardo histórico, necesario sin embargo sobre todo para lectores no cubanos, produce personajes más reales, que no hablan de la Gran Historia, sino de la pequeña historia de sus vidas.

En consecuencia, son personajes reales, en los que se puede creer.  Hay un uso grande de personajes secundarios, todos bien logrados y delineados.  No son estereotipos, sino gente de carne y hueso, la mayoría de ellos emparentados con las dos protagonistas.  Esto a mi juicio también tiene una función; recalcar la importancia de la familia, la única institución que ha permanecido totalmente incólume a los cuarenta y pico de años de revolución.  Hasta de que siga existiendo o haya existido alguna vez la república, se ha puesto en duda por ensayistas en este centenario de la institución de la República que todavía estamos celebrando; la familia, aunque como toda institución anterior a 1959 sufrió los embates de la revolución, supo sobrevivir como bien narra esta novela.  La novela tiene un poder de persuasión que no alcanza el ensayo.  En “El caimán ante el espejo”, De Aragón dedicaba un capítulo al machismo, titulado “las mujeres no mandan”.  Pero es más convincente ver cómo Menchu y Lauri logran sobreponer a sus sendos maridos machistas, que por supuesto, se oponen tenazmente, a la reunión de ambas hermanas, a la reconciliación familiar, a la que se llega naturalmente, casi como un proceso biológico. Tiene además esta novela una especie de pegamento especial en su cubierta: no puede despegarse uno de ella, hasta que no la termina y cierra la cubierta posterior.