Lisbeth Salander en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina.

No se puede definir un personaje en una oración. Se necesita algo más que una frase trillada tal como “era una prostituta con un corazón de oro” para perfilar un carácter con sabor real.  Una técnica eficaz es evitar el exceso de descripciones y presentar al personaje intercalando elementos de acción y matices psicológicos. El sueco Stieg Larsson, lo hace brillantemente  con Lisbeth Salander  en La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina.  Veamos:

Cuando volvió a salir a la habitación se detuvo desnuda delante del espejo del armario y, extrañada, examinó su cuerpo. Seguía pesando solamente unos cuarenta kilos y medía poco más de un metro y cincuenta centímetros. Qué le iba a hacer. Sus miembros eran delgados como los de una muñeca; sus manos, pequeñas. Y apenas tenía caderas.

Pero ahora tenía pechos.

Siempre había tenido el pecho plano, como si todavía no hubiese entrado en la pubertad. Dicho llanamente: siempre le pareció desagradable mostrarse desnuda porque se veía ridícula.

De repente, tenía pechos. No eran dos melones (cosa que no deseaba y que, con su flaco cuerpo, habría sido ridículo), sino dos pechos firmes y redondos de tamaño medio. El cambio se había efectuado con cuidado y las proporciones eran razonables.

[…]

La intervención no había estado exenta de dolor pero ahora los pechos ofrecían un aspecto completamente natural, y las cicatrices apenas si eran perceptibles. No se había arrepentido de su decisión ni un solo segundo. Estaba contenta. Aun seis meses después, cada vez que pasaba ante un espejo, desnuda de cintura para arriba, no podía evitar asombrarse y constatar con alegría que su calidad de vida había aumentado.

Durante el tiempo que permaneció en esa clínica de Génova también se borró uno de sus nueve tatuajes, el de la avispa de dos centímetros del lado derecho del cuello. Apreciaba sus tatuajes, sobre todo el del dragón grande, que le descendía desde el omoplato hasta la nalga, pero, aun así, había tomado la decisión de deshacerse del de la avispa. La razón se debía a que resultaba tan evidente y llamativo que la convertía en alguien fácil de recordar e identificar. Lisbeth Salander no quería ser recordada ni identificada.

 Las frases marcadas en rojo son las que hacen la diferencia con una clásica y aburrida descripción física de un personaje.

Hay una acción: se mira desnuda. Viene la descripción –pequeña, delgada-. Luego varias frases dan el tono psicológico y estados de ánimo: “Qué le iba a hacer”, “siempre le pareció desagradable mostrarse desnuda porque se veía ridícula”, “No se había arrepentido de su decisión ni un solo segundo. Estaba contenta”.

Las frases “Pero ahora” y “De repente”, muy bien intercaladas,  indican un cambio que  da movimiento a la descripción.

Otra acción: se borró uno de sus nuevos tatuajes. La siguen las descripciones: “el de la avispa…” Y finaliza con un elemento intrigante: “Lisbeth Salander no quería ser recordada ni identificada”.

Genial ¿no?