El miedo es un factor común en las sociedades totalitarias

Cuando el escritor venezolano Ramón Guillermo Aveledo presentó en Miami su libro Dictador (Editorial Libros Marcados, Caracas, 2008), alguien le preguntó: “¿cuál podría ser una característica común para identificar a una dictadura?”. Aveledo contestó sin titubear: “el miedo”. Redondeó su respuesta al expresar que si existiera algún artilugio medidor del miedo en las sociedades, el “miedometro” lo bautizó, sería fácil determinar la existencia de una dictadura. Su libro Dictador es un estudio de la vida y trayectoria de seis tiranos: Hitler, Mussolini, Stalin, Franco, Mao y Fidel Castro.
El miedo en una sociedad totalitaria fue un tema que esbocé en mi novela En la isla de los pregones. He recibido muchas críticas favorables y otras no tantas –como cualquier escritor-, pero uno de los comentarios que más me satisfizo vino de dos amigos catalanes, defensores de cuánta causa perdida existe en este mundo, y por tanto, enamorados románticos de la Revolución Cubana. Luego de leer la novela afirmaron que, durante sus estancias en la isla, nunca habían sentido el miedo que yo describía y que eran exageraciones literarias. Sin embargo, poco después, en un viaje a Cuba por el año 2007, reconocieron que habían descubierto “el miedo que yo narraba” en las evasivas de las respuestas de amigos íntimos y muchos otros detalles que hasta entonces habían pasado desapercibidos.

El hombre que amaba a los perros

El hombre que amaba a los perros, obra maestra de Leonardo Padura

El tema del miedo lo traigo a colación porque estoy leyendo El hombre que amaba a los perros de Leonardo Padura, catalogado por muchos como su obra maestra. Por lo que he leído hasta ahora comparto ese criterio. Solamente por su descripción magistral del miedo merece un lugar entre los grandes de la literatura cubana.
El retrato del miedo, casi como un personaje más, aparece a lo largo de la novela. Para mí, un pasaje breve y antológico es cuando Iván escribe un cuento sobre “la historia de un luchador revolucionario que siente miedo y, antes de convertirse en un delator, decide suicidarse”. Por supuesto el cuento es rechazado y clasificado de impublicable y casi contrarrevolucionario. El responso a Iván, termina con un gesto magnánimo por parte del director de la revista al informarle que “ellos habían decidido no tomar otras medidas”.
En efecto, Iván se siente dichoso de que no se hubieran tomado otras medidas y luego dice:

Aquel día, además, supe con exactitud lo que era sentir Miedo, así, un miedo con mayúsculas, real, invasivo, omnipotente y ubicuo, mucho más devastador que el temor al dolor físico o a lo desconocido que todos hemos sufrido alguna vez. Porque ese día lo que en realidad sucedió fue que me jodieron para el resto de mi vida, pues además de agradecido y preñado de miedo, me marché de allí profundamente convencido de que mi cuento nunca debió haber sido escrito, que es lo peor que pueden hacerle pensar a un escritor.