Mi mamá Vera Borodowsky y mi hija Elena Blanco

Mi mamá ha estado a lo largo de su vida al borde de la muerte varias veces. La primera, al menos que yo conozca, fue por los años sesenta cuando trabajaba en la sede diplomática de Cuba en Madrid. En aquel entonces alguien opuesto al gobierno cubano planeaba volar el consulado con C-4, hasta planos y estudio de horarios hicieron, pero por suerte, la mujer del opositor llevó a la cordura a aquel hombre y el plan nunca se llevó a ejecución. Los pedazos de C-4 los fueron botando a lo largo de la carretera a El Escorial. Cuarenta años más tarde mi mamá llegó a conocerle . Hoy aquella persona, que hace tiempo abrazó la no violencia, es amigo de mi mamá y  suelen reírse juntos haciendo cuentos del pasado mientras beben mojitos.

La segunda vez mi mamá estaba en una conferencia en Brasil y no había vuelo directo a Cuba. La delegación debía regresar por un vuelo larguísimo Barbados-Jamaica- Habana, pero algo –no sabe qué- hizo que mi mamá cambiara los pasajes para regresar por México.  Mi mamá debía regresar en el vuelo CU-455 que explotó en el aire por una bomba escondida en el baño y mató a 73 personas inocentes. No hubo sobrevivientes.

Algunos años más tarde sufrió una peritonitis. La operaron de urgencia en el Hospital Calixto García y a pesar de la gravedad y estar varios días en cuidados intensivos,  también salió con vida de ese incidente. Pero durante la cirugía le pellizcaron un uréter y como consecuencia un riñón se necrosó, y de vuelta al salón de operaciones y a aprender a vivir con un riñón.

Llegó el nuevo siglo y mi mamá estaba de visita en Canadá –ya yo vivía allí- y decidimos que permaneciera algún tiempo más compartiendo con su nieta. Pero los canadienses exigen un examen médico si la visa se va a extender por más de seis meses. Procedimos con la rutina: análisis de sangre y orina,  rayos X de los pulmones. Entonces ocurrió lo impensable: en los rayos X salió un cáncer del pulmón. ¡Y mi mamá no fuma! Aquella ocasión fue la más difícil de mi vida. En Canadá no se podía operar porque como turista no tenía derecho a los servicios médicos por lo que tuvo que regresar a Cuba. Todavía recuerdo cuando la despedí en el aeropuerto de Montreal pensando que era la última vez que la iba a ver. Mi esposo trabajaba en una organización internacional derechos humanos por lo que mi visita a Cuba era imposible. Pero ¡oh milagro! Rebasó una cirugía brutal, y ni quimioterapia necesitó. Esta vez quedó con un pulmón.

Una vez recuperada, mi mamá se fue a vivir con mi hermana en Miami y todo iba bien hasta mayo del 2009 en que sufrió una arritmia severa que por poco se la lleva para el otro lado.  Fue por esa razón que me mudé a Miami, para poder disfrutar los últimos meses junto a ella. Con el cuidado de su cardiólogo, el magistral  Dr. Céspedes, ya sobrepasó los dos años de ese último episodio.

Ahora estamos en espera de una cirugía mayor: reemplazo de la válvula mitral, con el famoso Dr. Lamelas en el Hospital Mount Sinai para el mes próximo, pero hoy la he ingresado de urgencia. El médico ha dicho que no es nada grave: una infección de los riñones, rectifico del riñón.

Mi mamá me va a matar del corazón de tantos sustos,  pero yo feliz de que sean sólo sustos. Me voy para el hospital.