“Carlos Ladrón de Guevara, para servirle a Dios y a usted”. Así aparece por primera vez este personaje memorable creado por Mercedes Pinto Maldonado en su novela “Josué el errante” de venta en Amazon.

Carlos es el personaje favorito de Mercedes, y también el de muchos lectores.  Su sentido del humor, el desenfado por el que va por la vida y el sentido de lealtad como amigo lo convierten en un protagonista inolvidable.

Crear personajes que cobren vida propia es el mayor reto que tiene un autor. En la foto D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis de la novela “Los tres mosqueteros” de Alexandre Dumas

Crear personajes  que cobren vida propia es el mayor reto que tiene un autor. Muchos lo han logrado: Arthur Conan Doyle con Sherlock Holmes, Miguel de Cervantes con el Quijote, Flaubert con Emma Bovary ; Dumas con D’Artagnan, Athos, Porthos y Aramis. Espero que Carlos Ladrón de Guevara entre también en la historia de los personajes célebres.

¿Cómo es Carlos Ladrón de Guevara?

Parlanchín

 Seguir la rápida charla de Carlos era una difícil tarea. Pero pronto descubrimos que no era necesario mirarlo atentamente mientras hablaba, él seguía y seguía, ajeno a todo. Estoy seguro que el padre Marcus hubiera tenido mil argumentos con los que rebatir las afirmaciones de Carlos, pero prefirió cambiar de tema temiendo que aquella conversación no acabara nunca.

Carlos hablaba incluso mientras dormía, aquello era increíble, este hecho me hizo pensar que quizás su verborrea fuese algo que escapaba a su control.

Culto y teatral

Una noche, Carlos nos relataba una obra de un val Valle Inclán, a quien decía haber conocido personalmente en la Residencia de Estudiantes y en la que dicho autor había dado alguna conferencia para los residentes. La obra se titulaba Divinas palabras.

Escuchándole, resultaba muy fácil trasladarse a aquella aldea gallega y vivir los pecados y miserias de sus personajes casi en primera persona. Lo oíamos embelesados.

Generoso

 …Carlos era una caja de sorpresas.

Dividiendo el  fajo en dos partes iguales, sin molestarse siquiera en contarlos, le dijo al apenado hombre:

–Esto para ti, para que cuando desembarques de esta bañera viajes hasta  Johannesburgo; y esto para mí. No se te ocurra volver a Irlanda sin tu padre, tienes que llevar a ese cabrón, y perdóneme padre –se disculpó de nuevo, mirando al padre Marcus–, hasta la cama de tu madre aunque sea lo último que hagas; a punta de pistola si hace falta. Que se joda, que se joda igual que os ha jodido a vosotros  toda la vida. Si no fuera porque estoy sin un real y sería una carga para ti, te acompañaría yo mismo. –Todos pensamos que esto último había sido un farol de charlatán ocupante; años después comprobé que Carlos no mentía, era capaz de eso y mucho más por mera compasión.

Impetuoso

De cómo se enfadaba Carlos cuando Josué le preguntaba la hora:

–¡Carlos! ¡Carlos! ¿Qué hora es?
–¡Maldita sea, Josué! ¡Cómprate un puñetero reloj, aunque sea de arena! ¡Será por arena! Esto es insoportable. Si este viento no para acabará con mis nervios. Creo que en estos momentos preferiría estar en la cama de mi santa esposa. ¡Qué tortura! –hablaba completamente fuera se sí.
–Tranquilízate Carlos, te va a dar algo. ¿Me dices la hora? –volví a preguntar, sin importarme las consecuencias y con manifiesta ironía, intentando dar un toque de humor a la situación.
–¡Vete a la mierda Josué! Eres un tocapelotas. ¡Jesús! Qué martirio de hombre. —Y tiró el reloj dentro de mi compartimento para que yo mismo viera la hora. No me molestó, cuando se enfadaba resultaba cómico.

Del  enfado de Carlos después de que lo echaran de cubierta en el horario de los pasajeros de primera:

–¡Malditos cabrones! ¡Me han echado! Me han pillado y me han echado! ¡Que se metan sus vidas de primera por el culo! Y pensar que hasta hace unos días yo formaba parte de ellos. Es que lo pienso y se me retuercen las tripas. Subí a cubierta sin pensar, no había mirado la hora. El sobrecargo me dejó pasar, creo que fue culpa de este estúpido traje, regalo de mi virtuosa esposa de primera. Sólo quería tomar un poco el aire, me asfixiaba. Ni siquiera advertí que la cubierta estaba llena de santas esposas con sus tristes maridos. ¡Qué asco de vida!  –decía embravecido. Pero aun así, se expresaba con absoluta elocuencia–. Cómo no pude darme cuenta de que la cubierta estaba llena de platillos volantes de colores. ¿Para qué cojones querrán las pamelas? No creo que quieran preservar del sol su belleza. ¡Ah! Ya sé; se las ponen para esconder la mala leche, o para que sus maridos las distingan por el color, son todas iguales, urracas idénticas, feas hasta decir basta.

Y pudiera agregar: honesto, enamoradizo, temerario y muchos otros calificativos que lo convierten en un personaje inolvidable.