Marlene Moleon y Juan Antonio Blanco esperando el nuevo milenio en Ottawa con -35 grados centigrados (-31F)

En unos pocos días, Juan Antonio Blanco Gil y yo cumplimos treinta años compartiendo nuestras vidas. Hemos sorteados muchísimos momentos difíciles y crisis de todo tipo, y por milagro o perseverancia aquí estamos amándonos treinta años más tarde.

Hemos estado juntos en la inolvidable Habana, en las alturas de La Paz, en la bellísima Barcelona, en la fría Ottawa,  en la  populosa ciudad de México, en la increíble New York, y ahora en la bulliciosa ciudad de Miami. Hemos estado juntos en las buenas y en las malas; en tiempos de regocijo y en tiempos de luto, en tiempos  de llantos y en tiempos de risas;  en tiempos de pasiones y en tiempos de desamores.

Nos hemos amado hasta el amanecer, confortado ante el dolor, angustiado en la incertidumbre y  discutido hasta los gritos cuando no coincidíamos en algo. No ha sido fácil. Hijo de gallego por un lado y nieta de polaca con andaluz por el otro.  ¡A ver quién es más testarudo! Pero siempre he tenido su apoyo ante cualquiera de mis ideas por alocadas que parecieran, y Juan Antonio también ha tenido mi sostén.

Hemos perdido algunos amigos y hemos ganado otros.  Hemos sufrido la traición de conocidos y contado con el apoyo de desconocidos. Hemos visto irse de este mundo a personas queridas y la llegada de nuevas vidas.

Hoy nos hablamos sin palabras.  Mientras estoy sumida en un pensamiento, él me contesta;  igualmente yo le puedo hacer algún comentario de algo que pasa por su cabeza. La primera vez nos asombramos, pero ya lo tomamos por un hecho tan natural como beber agua. Pero no se trata de  que seamos el uno para el otro,  la llamada media naranja o el alma gemela. Hemos tenido que llegar a consenso y dialogar para llegar a acuerdos en un montón de cosas, y todavía hoy treinta años después, todavía tenemos puntos de vista distintos. No se trata de dejar de ser quien eres.  Uno más uno no siempre es dos.

Hemos crecido juntos. Hoy no somos los mismos que éramos hace treinta años atrás.  Pero siempre mantuvimos los mismos principios ante la vida, lo que nos condujo a reconsiderar y romper anteriores lealtades. Cosa curiosa, fue la madre de Juan Antonio Blanco, una comunista, quien le enseñó el principio fundamental en la vida: ser, ante todo, una persona decente. Y por atenernos a ese mismo principio fue que decidimos marcharnos de Cuba y educar a nuestra hija Elena como persona decente y libre.

No fue una decisión precipitada. Abandonar a familia, amigos y el lugar dónde creciste –y saber que no puedes volver- no es una decisión fácil. Primero, intentamos cambiar las cosas. ¡Creímos ingenuamente que era posible cambiarlas! Yo, promoviendo un enfoque para el desarrollo sustentable, hasta que comprendí que el socialismo cubano sólo distribuye pobrezas, no sabe generar riquezas. Juan Antonio, por su parte, en un último intento de crear una sociedad pluralista envió a la Asamblea Nacional una propuesta de reforma de 5 puntos que incluía la transparencia e inspección independiente de los sistemas penitenciarios, la separación de las funciones del Partido y el gobierno, la modificación de las leyes de asociaciones y libre empresa, y el derecho a la entrada y salida libre de los ciudadanos cubanos… Nunca hubo respuesta, lo cual era una respuesta.

Hace treinta años que pensábamos que el mundo podía ser un mejor lugar, y hoy todavía lo creemos pero también sabemos cuáles son las vías por las que no se llega a él.

Elena Gil, madre de Juan Antonio Blanco, y Elena Blanco.

En Cuba hace 22 años

Juan Antonio Blanco y Marlene Moleon en New York

La celebración de la primera fiesta de Navidad en Ottawa

En la graduación de Elena en Montreal