Un día cualquiera en el primer cuarto del siglo XXI

Caras de puro asombro, expresiones de «ya no me queda nada por ver en este mundo»

Perla y Karlina invitaron a María a cenar. Acordaron ir al restaurante Hoy como ayer, el más exitoso de La Habana desde que se iniciaron los cambios en la isla. Al principio el establecimiento servía un menú socialista: croquetas de ave (averigua) al plato, pastas hervidas con sal, refresco de guachipupa, ensalada de coditos con muy poca mayonesa, chicharrones de macarrones fritos, pizzas aderezadas sólo con tomate y sin queso. Algo muy común en el menú de los últimos tiempos revolucionarios: «la masa cárnica», no fue autorizada por las nuevas autoridades de salubridad por la fácil descomposición de esa misteriosa pasta. Luego, el excéntrico menú se amplió con sándwich cubano, pastelitos de guayaba y carne, batidos de frutas, tamales, frituras y otras golosinas. Ahora el menú tenía dos páginas: comida tradicional cubana y comida revolucionaria.

Al llegar a la casona en Miramar oyeron por las bocinas del jardín una vieja grabación con la inconfundible voz del Benny More.

Hoy como ayer,
yo te sigo queriendo mi bien,
con la misma pasión,
que sintió mi corazón,
cuando te vi junto al mar.

El restaurante estaba casi lleno por lo que se sentaron en una esquina de la terraza. Las mesas colindantes estaban llenas de turistas que hacían mil preguntas acerca del menú. Una pareja de alemanes discutía en un rudimentario español que querían cambiar el plato ordenado del menú revolucionario por otro plato de la comida tradicional, pero la camarera con ademán firme le señalaba al final de la página, en fina letra impresa la concisa aclaración: «No se aceptan devoluciones de la comida revolucionaria».

Perla quería saber de los viejos amigos y preguntaba sin cesar por diferentes personas. Muchas de ellas habían muerto por infarto, cáncer, y a veces por causas desconocidas. Otras ocupaban cargos en el nuevo gobierno.

—Parece que existe un plan para remodelar La Habana. Van a demoler manzanas enteras de viviendas en mal estado —dijo María cambiando el giro de la conversación.

Desde 1959 desaparecieron progresivamente los ostiones frescos de la calle Infanta y San Lázaro, los cafés Aires Libres frente al Capitolio, cada uno con su orquesta que dejaba escapar retazos de música a la calle Prado, el helado tostado del álamo Drive-Inn, los bailes flamencos de El Colmao, los maniseros pregonando «Maniiiií» con sus latas calentadas con carbón, los fruteros chinos arrastrando su carretilla mientras voceaban «Flutas flescas», los cafés con leche espumeantes acompañados con panes crujientes rebosados de mantequilla en cualquier cafetería de mala muerte. Perla estuvo divagando sobre la Habana perdida, la bella y decadente. Muchos de aquellos recuerdos se remontaban a la niñez.

Karlina quiso saber cuál era el sentimiento predominante en aquellos tiempos.

—El miedo —afirmó María y rectificó enseguida—. No, miedo y resignación.

—El odio y la agresividad —opinó Perla—, pero no me refiero a la agresividad contra los yanquis, sino a la cólera de unos contra otros en la vida diaria; en la cola del pan cuando alguien quería colarse o contra el vecino que te vigilaba —quedó sumida por unos segundos en los recuerdos antes de decir—: Tener la sensación constante de que todo él que te rodeaba quería joderte.

Se miraron retándose con los ojos, cada una queriendo imponer su punto de vista.

—¿No pudiera ser una mezcla de todas esas emociones? —preguntó Karlina. Se quedaron meditando por unos instantes. Sí; las dos tenían razón.

Perla rompió el incómodo silencio para preguntarle a María por un nombre que asoció mentalmente con la atmósfera que acababa de describir. A su mente vino la frase «hablando de hijoeputas qué es de la vida de…», pero lo expresó más civilizadamente:

—¿Sabes algo de Mariflor?

—Es una alta ejecutiva en una de las nuevas compañías extranjeras. Tiene su oficina cerca de Santa Fe.

—Hay quienes siempre caen de pie —comentó Perla y agregó—, así pasó también en Europa del este.

La representante de Vida giró la conversación de nuevo a temas de su interés. Reconoció su confusión acerca de lo que pensaba la gente durante todos los años de la Revolución. Había muchas cosas que se le escapaban. Por mucho tiempo se forjó la imagen de un hombre nuevo, ¿qué había pasado?, ¿qué falló?, ¿cómo era el mundo en que vivían? María y Perla no respondieron a las primeras preguntas. No tenían respuesta, o tal vez tenían miles. De cómo era el mundo en que vivieron comenzaron a hablar como si se tratara de un poema escolar.

—Crecimos en un mundo alucinante de guerras contra todo lo divino y humano.

—Un mundo de batallas y victorias.

—La batalla contra el analfabetismo, contra el imperialismo, contra el diversionismo ideológico, las extravagancias, el despilfarro, las hormigas, la mafia de Miami, el comején, los maricones, el moho azul de la caña, la vagancia, la blandenguería, la corrupción, el mosquito Aedes Aegypti, las malas hierbas, la fiebre porcina, el acomodamiento — lo dijo en seguidilla, sin tomar aliento y se quedó pensando cuál le faltaba, Perla continuó:

—Cuando no eran batallas «en contra» eran batallas «por», por el ahorro, por la soberanía, por la integridad, por el desarrollo, por ganar el campeonato mundial de béisbol, por los pueblos del mundo. Las últimas fueron la batalla de ideas, y finalmente, por la propia existencia. —suspiró con cansancio y tomó un sorbo de ron.

—¿Y la obra de la Revolución? ¿Se perderá? —inquirió Karlina con auténtica preocupación, como quien teme oír el anuncio de la muerte de un ser querido.

Perla se demoró en contestar, a veces los representantes de la izquierda la sacaban de quicio. Sí; definitivamente es muy difícil desaprender lo aprendido. ¿Cuál obra de la Revolución? ¿La de los sueños utópicos o la de las pesadillas que vinieron con ellos? ¿Los logros de la medicina o los cientos de cárceles? ¿La campaña de alfabetización o las persecuciones contra libros y autores? ¿El alto índice de la expectativa de vida o el incremento de los suicidios? ¿La lucha contra la tiranía de Batista o los desmanes de la dictadura comunista? ¿La solidaridad o la constante vigilancia sobre amigos y enemigos? ¿La que convirtió los cuarteles en escuelas o la que construyó más prisiones que ningún otro país de América Latina? ¿El internacionalismo o la corrupción? ¿La moral comunista o la doble moral? De todas formas lo intentó:

—Voy a contarte una anécdota para que tú saques las conclusiones que quieras. Un tierno ejemplo de la obra de la Revolución —y recalcó obra con un dejo de ironía— fue el documental cubano Por primera vez, donde se testimoniaba el recorrido de un proyector ambulante de cine por lugares recónditos de las sierras y montes, donde no había luz eléctrica, ni medicinas, ni escuelas, en todos aquellos lugares olvidados de la isla. Casi siempre proyectaban una película de Charles Chaplin. El documental recogía las imágenes de los rostros de esas familias que en esas zonas aisladas veían por primera vez el cine. Eran caras de puro asombro, expresiones de «ya no me queda nada por ver en este mundo». Niños con las bocas y ojos abiertos en redondo. Campesinos desdentados con ingenuas carcajadas. Si se pudiera retratar la fascinación, ese director lo hizo.

—¡Oh! ¡Qué bonito! —interrumpió Karlina entusiasmada y sus ojos azulísimos fulguraron con un nuevo brillo. Luego, palmeó las manos como una niña ante un caramelo.

Perla sonrió y pensó que los adultos también siguen necesitando de cuentos de hadas y brujas, no sólo los chiquillos.

—Uno de esos niños quedó tan impresionado que terminó siendo director de cine —Karlina sonreía y Perla también— Sí; estudió «gracias a la Revolución». No tuvo que pagar su carrera y fue tan director de cine como Spielberg, tal vez con menos talento y definitivamente con muchos menos recursos. Pero el muchacho empezó a hacer unas películas un tanto raras. No reflejaban la obra de la Revolución y fueron prohibidas. Nunca las proyectaron en ninguna sala de cine en Cuba.

Karlina calló. No le gustó el final. No tenía un happy ending and ever after. «Comprendo», dijo con voz queda. ¿Comprendía? ¿De verdad? ¡Eureka!

—¿Y qué pasó con él? —se atrevió a preguntar con timidez, como temiendo conocer la respuesta.

—Trabajó en un almacén por más de veinte años. No pudo hacer cine nunca más. Tuvo ofertas de trabajo en varios países, hasta un famoso director de cine español quiso llevárselo con él… no lo dejaron. Cuando se percató de que estaba derrochando su existencia, decidió marcharse, pero como guajirito de pura cepa, le tenía terror al mar, la única salida era irse en una balsa y no se atrevió. Lo último que supe de él era que tenía cirrosis: se había alcoholizado.

—¡Oh! Ya veo —murmuró Karlina apesadumbrada.

—La Revolución como la luna es una sola, pero tiene dos caras —afirmó Perla quien quedó mirando al vacío, como hurgando en la memoria—. Como dijo un disidente de aquel entonces, hay quienes padecían de hemiplejia moral y no quisieron saber de la otra cara.

Karlina enrojeció como sólo pueden ruborizarse los de piel muy blanca. A lo mejor en ese instante hubiese querido tener una piel negrísima como la de Toña para esconder su vergüenza. No habló más, quedó en silencio, meditabunda.

¡Qué pena que la hubiese hecho entender tan tarde! ¿La izquierda hubiera tomado otra actitud de haberlo sabido? ¿Sabían y no actuaron? ¿Lo desconocían o no quisieron saber? Intentaron racionalizar lo injustificable, pensaba Perla. En un desesperado resorte de autodefensa Karlina atinó a decir:

—Tampoco ustedes criticaban de esta manera durante la Revolución.

Todas callaron. María que se había mantenido hasta entonces en silencio, tras un suspiro, declaró con voz ronca:

—Tienes razón. Vivíamos con miedo… Todos fuimos cómplices —admitió con desgano.

Perla asintió con la cabeza. En la mesa vecina los alemanes, ya resignados al hecho irreversible de que el menú revolucionario no tenía devolución, pidieron una jarra de guarapo y una ración de tamales y tostones de la comida tradicional cubana.

(Escena de la novela En la isla de los pregones de Marlene Moleón)