“La interpretadora de sueños” de Rafael R. Costa de venta en Amazon

En aquellos años de cielos claros, charlestón, leyes de Volstead y whisky ilegal, en el albor de la década americana de los años veinte, el espiritismo, las médiums, los contactados permanentes con el más allá, las echadoras de naipe marsellés y lectoras de posos de café, y las rarezas freaks de circo, como los fantasmas, estaban tan la orden del día que Nueva York contaba con salones específicos donde gente de toda condición, cultura y poder adquisitivo se reunía con la esperanza, muchas veces fraudulenta, de contemplar animales únicos, amputaciones graves, mórbidos objetos y útiles de tortura, enanos espectaculares, siameses, o el mero resultado de ataques de fieras. La contemplación de personas deformes, anormales y desgraciadas, fenómenos de naturalezas distintas, demostraciones que alteraban la física y la lógica; o simplemente asistían a gabinetes de magra índole y ninguna moral con la dudosa intención de recibir el perdón de muertos recientes, de alejar entidades oscuras, reunir ancestros, departir con familiares desaparecidos, contactar con infantes muertos sin bautizar o con antiguos personajes de leyendas, poseer objetos con vida propia y pasear por habitaciones encantadas. Eran los tiempos de Max Malini, Anneman y Harry Houdini.

Sarah Georginas había apuntado en una libreta, al refugio de las noches, mientras su hijo dormía, todo lo necesario para acondicionar un gabinete donde el fin fundamental iba a ser el de ganar mucho dinero interpretando sueños y elaborando narraciones onirocríticas de su clientela.

En una metrópolis como Nueva York (cruce y enlace de cientos de autopistas del sueño) donde millones de seres dormían a cualquier hora, ¿cómo no iba a ser necesitado alguien que afirmara interpretar esos episodios soñados? Los americanos ya tenían sus escapistas y magos, sus espiritistas y domadores de pulgas, ¿pero quién iba a desvelar sus sueños, quién conocía el críptico idioma que sólo despierta mientras duerme nuestro consciente? Ella.

Compró varios libros en almacenes perdidos a los últimos chamarileros, vetustas barajas adivinatorias (todas incompletas, algunas redibujadas, con el único fin de mostrarlas, para crear en su salón un ambiente propicio a lo desconocido), velas serpiformes y carteles de enigmáticos anuncios del pasado siglo XIX: jarabes milagrosos de tal doctor, aeróstatos entre la bruma, navíos a punto de hundirse en mitad de tormentas, proyecciones cinematográficas desde aparatos imposibles, fotografías de cadáveres, ectoplasmas, apariciones y ejecuciones. Reunió un gran diván tapizado con cuero (pues la madera —pensaba— se empapa con los residuos de los sueños) y sobre el cuero: tela limpia, de colores distintos para cada cliente; un gramófono y tres discos clásicos; lámparas diversas y perfumarios; y lo envolvió todo con tenues cortinas violetas que filtraban y tornasolaban la luz a cualquier hora del día o de la tarde.

El salón estaba preparado. Sólo faltaba alguien que leído el anuncio en el periódico de la mañana recordara haber tenido un sueño, bueno, malo, extraño, profético o repleto de pesadillas: en un lugar como aquel no tenía más remedio lo soñado que dejarse descomponer. Acondicionó una de las ventanas que daban a la calle como reclamo (usó la misma técnica de los escaparates de pastelería), dispuso un cuerno de cabrón de las Rocosas, bastante grande, blancuzco, áspero a la mano, y muy enroscado, comprado a una mujer negra por dólar y medio en un mercadillo clandestino de Harlem, encima de un paño bordado con decenas de crucecitas blancas; y alineados caprichosamente a lo largo del ventanal mostró los siete frutos sagrados de Canaán: granos de trigo, granos de cebada, un cuenco pequeño de vino, otro con miel de dátiles, higos, granadas y aceitunas. Dos frascos (transparentes) sellados con corcho y lacre, uno con agua del Atlántico y otro con arena del cercano East River, y además el elegante, atractivo y colorista cartel en la puerta: Gabinete Freudian de Interpretación de Sueños. Por Georginas Parker. A un lado de su nombre una luna creciente, al otro una menguante, y sobre las iniciales algunas estrellas de metal bruñido.

(Descripción del gabinete de Georginas Parker en la novela La interpretadora de sueños de Rafael R. Costa), de venta en Amazon