"Diario de un desertor" de Alberto González

Próxima publicación de Eriginal Books con el sello Opera Prima para los autores que publican por primera vez

Diario de un Desertor es un título que puede inducir a confusión entre lectores no conocedores de la política migratoria cubana. Corea del Norte es hoy el único lugar del planeta que parece compartir con Cuba la prohibición a ejercer el derecho a entrar y salir libremente del país donde se nació, consagrado por el Artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, de la cual Cuba es signataria desde 1948.

Este Diario de un desertor lo escribió Alberto González a partir del mismo día en que decidió dejar el avión que lo llevaba a Moscú, y lo concluyó casi tres años después, cuando finalmente Miriam, su esposa, y sus dos hijos, Mirielle y Jorge Alberto, fueron autorizados por el gobierno cubano a salir de Cuba; su intención, según sus propias palabras, “era poder liberar las tensiones que se iban acumulando en el día a día de una nueva vida, en un país desconocido y lejos de sus seres queridos, y que estas vivencias, incertidumbres y preocupaciones quedaran reflejadas en dicho diario, para que no se perdieran, y que al ser leídas se pudiera entender mejor el drama cubano y el de sus numerosísimos ‘desertores’”.

Alberto Gónzalez, Diario de un desertor

Llegada de la famila de Alberto González a Alberta, Canadá, tres años más tarde.
Alberto tuvo suerte, el promedio de tiempo que tiene que estar un cubano que decide “quedarse” fuera de Cuba sin poder reunirse con su familia,supera los 5 años.

Mr., I want to stay here

El viernes 19 de octubre de 1990 se inició una nueva etapa en mi vida, o mejor dicho, en la vida de mi familia, puesto que ese día tomé la gran decisión de pedir asilo político en Canadá, fundamentalmente por mis hijos Mirielle y Jorge Alberto, para que no continuaran viviendo en un país donde el requisito obligatorio para desarrollarse como persona implica tener día a día dos caras, una para utilizar con los amigos y la familia, y la otra para representar la comedia en el trabajo, en la escuela, en el barrio…., y hacerles creer así que uno simpatiza con el sistema.

No fue nada fácil tomar “la decisión”. Llegamos a Gander a las 3:30 a.m. (hora de Cuba)[1]. El vuelo fue normal, casi 4 horas y media de La Habana a Gander. Me tocó viajar con Ismael y Sergio, dos viejos conocidos. Al primero hacía tiempo que no lo veía –iba de viaje a Bulgaria–, y Sergio viajaba conmigo a Moscú. Todo el tiempo de espera en el aeropuerto fue espantoso para mi cerebro, pues pensaba en los “pro” y en los “contra”, en Miriam, mi esposa; en los muchachos, en mi madre y en todo el mundo; me volvía literalmente loco. Trataba de concentrarme y no lo lograba. Cuando a las 5:00 a.m. (hora de Cuba) llamaron a los pasajeros para continuar el viaje, me aparté del grupo, dejé que la gente avanzara, y como un autómata di media vuelta y bajé por la escalera contraria. Me acerqué a un funcionario del aeropuerto y le dije en aquel inglés mío que más parecía chino: “Mr., I want to stay here!” –en ese momento me pareció mentira estar haciendo eso, pues una extraña sensación de irrealidad me invadió–. El señor me indicó que me sentara a un extremo del salón, y a los pocos minutos llegaron dos oficiales de Inmigración, que me trasladaron a un cuarto donde se encontraban otros tres jóvenes, uno cubano y los otros dos soviéticos. A partir de ese momento, Rafael Bernal –que ese era el nombre de mi compatriota– se convirtió en mi principal compañero de tribulaciones en Inmigración.

Le pedí al oficial de Inmigración que le hiciera llegar el dinero para la estancia en Moscú a Sergio al avión, pues realmente me apenaba grandemente que él y Vladimir –otro compañero que también iba con nosotros a la U.R.S.S.– pasaran aprietos por mi culpa, ya que todos los cheques estaban firmados por mí, y le di también los “tickets” de mi maleta al oficial.

Luego de cierta espera, llamaron a los soviéticos para los trámites, mientras yo seguía “en el aire”. Así las cosas, comencé a conversar con Bernal, y me enteré que era nada menos que el diseñador del grupo de Robaina (Robertico), el artífice de los slogans de la Unión de Jóvenes Comunistas (U.J.C.), como “31 y p’alante”, “Somos felices aquí” –alguien escribió debajo de este: “Imagínate allá”–, etc., etc.; ¡tremenda ironía!, hasta que al fin nos llamaron para los trámites de rigor.

Nos explicaron que estaríamos en Gander –bajo la tutela de Inmigración por supuesto– en el Fox Moth (Motel de la zorra), y que después nos llevarían para St. John, la capital de Terranova –una ciudad con una colonia de cubanos–, donde tendríamos que esperar por la legalización de nuestra entrada al Canadá. “En St. John les daremos también algo de dinero y un apartamento donde vivir, pero en todo ese tiempo de espera no podrán estudiar ni trabajar”, nos advirtieron.

Pasamos entonces a la aduana para la revisión del equipaje. Cuando abrieron mi maleta, yo llevaba dos paquetes que me habían encargado en La Habana para que los entregara en Moscú, y en uno de ellos estaban unos sobres con un polvo blanco que yo estaba seguro de que eran sales digestivas, pero los aduaneros llamaron a los expertos en drogas, quienes analizaron el contenido de los sobres y dijeron que era cocaína, pero que por las dudas había que enviarlo a un laboratorio especializado –¡tremendo lío!–. Les expliqué que era un encargo para Moscú, que los sobres no eran míos, y leí entonces la carta de la mujer que me había dado el paquete para el marido, donde le mencionaba los papelillos–en medio de un detallado y pornográfico recuento de todas las proezas amatorias que habían realizado durante su visita–, pero, ¡coño!, sin decirle de qué carajo eran. María, la intérprete de español que me destinaron –una ecuatoriana residente en Terranova desde hacía veinte años–, me ayudó bastante, pero el problema continuaba sin aclararse.

Vino entonces un oficial de la policía. “Está bajo arresto”, me dijo. Le conté nuevamente la historia, y me notificó que tenía derecho a un abogado, que resultó ser una dama. María habló con ella, quien le informó que la misma declaración que le había hecho a la policía podía servirme, si era verdadera, lo cual confirmé.

La atención para conmigo fue asombrosa; un trato perfecto. Me preguntaron si tenía hambre, y yo les contesté que solo quería un café, y al rato me trajeron el café acompañado de un suculento almuerzo, pero yo realmente no tenía apetito. Luego me tomaron fotos y las huellas dactilares.

Guardaron los sobrecitos y las cartas, ya que las sales biliares iban a ser enviadas a Ottawa para que las analizaran, por lo que todo dependía del resultado de dicho análisis. Como yo estaba seguro de que el polvo blanco no podía ser lo que decían, tuve que resignarme a esperar los resultados con paciencia.


[1] El editor -Baltasar Santiago Martin-  respetó el original tal y como fue escrito, solo adicionó aclaraciones de lugares y nombres de personas para facilitarle al lector una mayor comprensión.