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Cuento de Maritza Soler

A Eloísa no le dicen señora porque se haya casado. La verdad es que nunca encontró al hombre ideal ni tampoco al adecuado. En rigor, debían llamarla señorita pero como habían pasado tantos años y tantas cosas a la palabra se le fueron perdiendo algunas letras por el camino. Sus amigas, por el contrario, son señoras de verdad, de principio a fin, de cabo a rabo. Porque se casaron, tuvieron varios esposos, algún que otro amante, hijos y suficientes nietos. Y precisamente ellas acababan de invitarla a una fiesta para la próxima semana. Una reunión en casa de la señora Victoria para recordar épocas pasadas y de paso, murmurar, incansables, cosas del presente.

Ocurría también que en los últimos tiempos la señora Eloísa se había estado preocupando porque no se parecía en nada a sus buenas amigas. Como las apreciaba y les tenía tanto cariño no quería ser diferente ni mucho menos, lucir distinta de ellas. Por esa razón, salió de compras ese mismo día.

Empezó por la tienda donde venden cabellos y pelos. Allí  compró una cabellera marchita, de color indefinido y sin brillo, de esas que han sobrevivido innumerables tintes.  Insistió al empleado que las puntas estuvieran algo partidas y contaran con una determinada cantidad de caspa que le fuera cayendo apacible, como fina llovizna, sobre los hombros y los lentes. Compró, además, pelos sueltos y enroscados, muy parecidos a pequeños resortes,  para colocárselos debajo de la barbilla. Y reservó la mayoría de ellos para el pubis, esa zona donde años atrás estuvo ubicado el  monte de Venus pero que ahora lucía como un solar desyerbado e inhóspito. Por supuesto, algunos de estos muelles minúsculos los pidió de color cana para provocarse a sí misma cierta depresión imprescindible si es que pretendía, realmente, parecerse a sus buenas amigas.

Para las piernas escogió pelos más suaves, lisos y alargados que no precisaban cubrir toda la superficie. Porque Eloísa ya se había dado cuenta de que las piernas femeninas también padecen de cierta calvicie aleatoria e inexplicable. Luego, se decidió por unos más cortos para recubrir esa zona ubicada sobre el labio superior donde los hombres llevan un bigote duro, espeso y frondoso, mientras que las mujeres exhiben  una ligera sombra bigotuda.

De allí se encaminó al mercado donde venden carne gelatinosa. Los músculos de la juventud suelen ser duros y firmes pero, con el pasar del tiempo, la firmeza se convierte en gelatina. Eso lo sabe todo el mundo. ¡Menos mal que la tienda estaba abierta, este tipo de material no lo venden en cualquier sitio!  Compró un generoso pedazo para la zona del cuello pero allí mismo le advirtieron que no debía aplicarse como un fragmento entero sino en varias franjas horizontales, divididas entre ellas por estrías más o menos profundas. Y estas tiras no debían quedar lisas sino formar pliegues con surcos verticales y con algunas dobleces transversales (difícil de describir con palabras).  Si bien la tarea no fue fácil después de colocar tiras y surcos, apretando por aquí y estirando por allá, la señora Eloísa terminó por esculpirse un hermoso cuello de una mujer de cierta edad. Acto seguido concentró todo su esfuerzo en la pequeña, pero no menos importante zona que se extiende desde la punta inferior del mentón  hasta la mismísima base del cuello.  A eso se le llama “papada”.  Y toda papada que se respete debe lucir flojita y algo caída.

Para el abdomen necesitó un pedazo mucho más grande para cubrir la extensa zona donde se ubica la llamada panza. Por suerte, el fragmento de carne gelatinosa que había adquirido ya venía con un ombligo tembloroso, medio sucio y con bordes ligeramente aplastados dando la impresión de un breve ojal sonriente. Sin lugar a dudas, en esa tienda se le prestaba mucha atención a los detalles más sutiles. Ya colocado el fragmento de carne gelatinosa en su sitio, comprobó con placer que si empujaba ligeramente aquel extenso territorio de gelatina desde un extremo, la onda se movía sinuosamente hasta llegar a la otra punta. Un detalle que la complació sobremanera.

Después, la señora Eloísa tuvo que ocuparse de los muslos pero claro, aquí el asunto se complicaba porque en este caso se necesitaba un material más sofisticado al que llamaban: carne gelatinosa con naranjas incrustadas. Aunque la consistencia fuera la de gelatina, la superficie era rugosa y abultada. A simple vista como a simple tacto, podían adivinarse los hermosos y ásperos cítricos que yacían justo debajo de la piel, muy cerca de la superficie. Una vez colocados sus nuevos muslos se sintió satisfecha con el efecto logrado.

Al menos por ahora, de las rodillas hacia abajo, todo permanecería igual.  Pero a punto de marcharse, se acordó de comprar otras dos tajadas para las nalgas. Afortunadamente, ninguna de sus amigas era culona y este paso se podía resolver con muy poco material. Y ya, para cerrar la compra, se llevó otros dos pedacitos que había destinado para quedar colgando de la parte inferior de los brazos, precisamente en el momento que éstos se elevan y se sacuden con cierta energía.

Dos cuadras más abajo, la señora Eloísa encontró la tienda de las arrugas. Comenzó con las que van ubicadas en la frente que, por supuesto, deben ser alargadas y horizontales y continuó con otras más cortas, esas que se colocan de forma vertical justo entre los ojos, y que son imprescindibles para otorgarle su verdadero significado a ese gesto universal de preocupación, duda y extrañeza que llamamos un ceño fruncido.

Por último, su atención se desvió hacia unas exuberantes patas de gallina que  exhibían en la vidriera.  Le parecieron irresistibles.  Eligió también unos bellos ejemplares de párpados superiores, arrugados y marchitos, como esas pieles que mastican los esquimales, un detalle que le encantó.  No cabía duda que ese día a la señora Eloísa la acompañaba la suerte porque allí mismo encontró muy buenas arrugas, a precios de promoción para colocarlas alrededor de la boca. Y se topó con algo que siempre había soñado: esas arrugas que van sobre el dorso de la mano y cubren cada uno de los dedos; lo máximo en arrugas.

Terminó sus compras y se marchó de aquella tienda maravillosa sintiéndose más feliz que una lombriz.  Para sus senos no necesitaba nada en especial. Sin embargo, tuvo la precaución de comprar un poco de flacidez en el quiosco de la esquina.  De esta manera, contribuiría a la aceleración del proceso con pleno convencimiento de que aquellos senos caerían a consecuencia de su propio peso, atraídos inexorablemente hacia el centro de la tierra por la mentada fuerza de gravedad.

¿Y la tienda de los pellejos colgantes? Al pasar frente a ella se detuvo pensativa y trató de recordar pero no… por ahora no necesitaba pellejos colgantes… quizás dentro de algún tiempo cuando la carne gelatinosa, cumpliendo con las leyes de la transformación de la materia, se convirtiera en algo más flácido y plegable.  De todos modos, anotó la dirección convencida de que en un futuro no muy lejano, tendría que regresar.

El bazar de los dientes se encontraba muy cerca, cruzando la calle. Allí, la compra fue breve. Se decidió por unos dientes desgastados, opacos y oscurecidos a causa de varias décadas de incansable masticar e incontables litros de café negro.  Mientras que en la tienda de los achaques y dolores todo fue muy rápido, como si estuviera en un moderno supermercado. Se encontró con que vendían el famoso “pack-pausia”, un paquete donde habían incluido meticulosamente cada uno de los achaques y malestares provocados por la conocida menopausia.

¡Los lunares!  La señora Eloísa por poco se olvida de los lunares. Menos mal que por ser algo tan sencillo, los vendían en cualquier esquina. Compró algunos ovalados y blancos para los antebrazos y otros de color marrón, en diferentes tonalidades y tamaños que fue colocando cuidadosamente sobre las manos, los brazos, los hombros y la parte superior de la espalda, esa zona que algunos, despectivamente, llaman lomo. A la señora Eloísa nunca le gustó esta palabra; le parecía más apropiada para referirse a los de las vacas y los cerdos.

Al llegar a su casa pudo observar toda su obra y quedó contenta con el resultado final.  Había sumado sus compras con armonía y el conjunto era creíble y casi auténtico sin haber descuidado ni el más mínimo detalle. Había logrado, por fin, lo que siempre consideró imposible: parecerse a sus buenas amigas.

Llegó el día esperado. Con mano temblorosa y arrugada tocó a la puerta.  Insistió varias veces, porque el volumen de la música apagaba cualquier otro sonido. Sus amigas se estaban divirtiendo, pensó.  Cuando Victoria le abrió, la señora Eloísa se abalanzó sobre ella tratando de darle un abrazo; hacía tanto tiempo que no se veían. Pero Victoria retrocedió gritando al mismo tiempo que llegaban las demás profiriendo alaridos agudos e imaginando que Victoria corría grave peligro.  Empujaron con violencia a aquella vieja atrevida y desconocida.

La señora Eloísa cayó tendida sobre el pequeño sendero de piedras. El impacto le había roto uno de sus muslos que quedó abierto cual una calabaza.  No tardó en sentir cómo se le escapaba la gelatina tibia y grumosa seguida por varias naranjas, elásticas y alegres, que salían rebotando en todas direcciones hasta perderse en los matorrales del jardín. Las buenas amigas, aún asustadas por el ataque, avisaron a emergencias.  Es que otra vieja loca se había escapado del vecino hogar de ancianos. Mientras que la mayor preocupación de todas ellas era la tardanza inexplicable de Eloísa, aquella  querida amiga que todas admiraban con profundo fervor místico porque a pesar de los años aún se conservaba joven y rozagante.