El paciente de El Pardo

“Con el transcurso de los años llegué a convencerme de que Franco murió a consecuencia de sus propios médicos. Creo que le agobiábamos demasiado, que le dábamos demasiadas órdenes y eso, que para cualquier persona es duro, para un dictador resulta decididamente insoportable” escribe  José Luis Palma, el médico más joven del equipo que atendió al General Franco durante su última enfermedad, en la novela-testimonio El paciente de El Pardo.

El paciente de El Pardo es uno de esos libros que no envejece. Tuvo dos ediciones anteriores con excelentes críticas. “Con grave acento de verdad, el doctor Palma cuenta minuciosamente todo lo que ocurrió desde el Consejo de Ministros de octubre hasta que el dictador pronunció sus últimas palabras, así como la agonía espeluznante de los días finales. Se trata de un libro sobrecogedor, muy bien escrito, con una literatura transparente y eficaz” afirma Luis María Ansón, renombrado periodista y miembro de la Real Academia de España.

Ahora en una nueva edición electrónica, El paciente de El Pardo tiene un nuevo renacer porque el tema de esta novela-testimonio resulta de interés no solo a los españoles. (De venta en Amazon.com y en Amazon España).

El Dr. Palma comentó a Eriginal Books algunas de las interioridades del libro y de su vida en el palacio El Pardo durante el otoño de 1975.

"Escribir es dejar en manos ajenas esqurlas del alma propia, aun así, me siento feliz haciéndolo", afirma el escritor José Luis Palma

“Escribir es dejar en manos ajenas esqurlas del alma propia, aun así, me siento feliz haciéndolo”, afirma el escritor José Luis Palma

 Dices en el libro:  Creo que  ni antes ni después de él me topé en mi vida profesional con un paciente igual. Era escurridizo en su sintomatología, diferido en sus crisis vitales, discreto en sus apetencias, exagerado en sus manifestaciones clínicas y opulento en las hemorragias. Te desbordaba cuando menos lo esperabas. Con él nada era previsible.  ¿Sigue siendo hoy el paciente más difícil que hayas tenido como médico?

 JLP: Durante muchos años trabajé en unidades de cuidados intensivos y coronarios. Eso me llevó a enfrentarme con pacientes muy complicados. En líneas generales, en todos los hospitales del mundo los médicos trabajamos siguiendo guías de buena práctica médica elaboradas por grupos de expertos lo que hace que la actividad médica actual esté muy protocolizada, muy estandarizada. Pero eso no impide que cada paciente sea un mundo aparte y único al que hay tratar individualizadamente. Franco, en ese sentido, fue un enfermo singular. A pesar de su fracaso multiorgánico y su enorme sufrimiento lo oí quejarse en contadas ocasiones, en eso se notaba que era un militar forjado en la adversidad de sus años africanos. Era austero para sí mismo hasta el aburrimiento y muy parco en sus apetencias personales. Creo que sólo le interesaba el poder por el poder.

Desde un punto de vista médico y ante situaciones clínicas muy complicadas (hemorragias masivas, estados de shock, insuficiencia cardiorespiratoria, etc.)  respondía muy positivamente a cualquier terapéutica aplicada. En eso sí que nos llegó a sorprender y a confundir todos los médicos. Jamás ví, en un paciente de su edad, respuestas tan favorables a terapéuticas extraordinarias. Tal vez eso nos condujo a los médicos a no tirar la toalla hasta el final. Por tanto, si no llegó a ser para mí el paciente más difícil, sí fue, al menos, el más sorprendente.

Cristóbal Martínez Bordiú, yerno de Franco, Jefe de Cirugía Cardiaca del hospital La Paz yel Dr. Palma, se dirigen a una rueda de prensa para informar acerca de la evolución de la enfermedad de Franco.

Cristóbal Martínez Bordiú, yerno de Franco, Jefe de Cirugía Cardiaca del hospital La Paz y el Dr. Palma, se dirigen a una rueda de prensa para informar acerca de la evolución de la enfermedad de Franco.

¿Por qué demoraste tanto en contar esta experiencia?

JLP: Franco murió en 1975. Yo terminé de escribir “El paciente de El Pardo” en 2002 aunque llevaba años dándole vueltas al tema, ordenando apuntes y documentos que tenía recogidos desde aquellos días lejanos.  Se dijo, durante el proceso que condujo a Franco a su muerte, e incluso años después, que los médicos que lo atendimos habíamos firmado un “pacto de silencio” para ocultar la verdad. Nada más incierto. Al final llegamos a ser 38 médicos los que compusimos aquel “equipo médico habitual” si bien es verdad que a la cabecera del paciente estábamos muy pocos (cardiólogos, intensivistas, cirujanos, nefrólogos y pocos más) los demás eran tan sólo consultores que sólo asistían a las dos sesiones clínicas que celebrábamos cada día pero que jamás llegaron a tener contacto físico con el enfermo. Se acordó, con mucho sentido,  que el portavoz oficial del equipo fuese el Dr. Vicente Pozuelo, médico personal del Caudillo.

Se escribieron y se dijeron muchas inexactitudes durante aquellos días y muchas barbaridades también, algunas de ellas dirigidas contra nosotros. Fue por esta razón por la que me sentí obligado a escribir “El paciente de El Pardo” tratando de contar la verdad de los hechos vividos en primera persona y vistos desde la primera fila. A juicio de quienes lo han leído (el historiador británco Paul Preston, Luis María Ansón de la Real Academia Española, la prestigiosa periodista  y politóloga Victoria Prego, prologuista del libro, entre otros) el contenido responde fielmente a la autenticidad de los hechos sin concesión alguna a la manipulación del personaje en uno u otro sentido. Eso, únicamente, es lo que he pretendido transmitir escribiendo las memorias de aquellos días turbulentos que rodearon la larga y tormentosa agonía del General Franco.

¿Tuviste miedo el día que Franco tuvo la arritmia y eras el único médico?

JLP: Naturalmente que sí, ¿y quién no?  Franco sufrió continuas crisis de angina post-infarto que, a mi juicio, fueron las desencadenantes de todo el proceso pluripatológico que lo condujo a la muerte. Eran unas crisis tremendamente dolorosas con gran trastorno circulatorio que lo ponían al borde de la muerte. Sólo se aliviaban con altas dosis de cloruro mórfico. La que describo en “El paciente de El Pardo” ocurrió a los 5 o 6 días del proceso agudo. España todavía ignoraba que el Jefe del Estado estaba gravemente enfermo. El propio paciente nos había prohibido dar ningún tipo de comunicado.

Ese día y a esas horas me encontraban almorzando, tranquilamente, con doña Carmen y parte de la familia, entre los que estaban los duques de Cádiz y varios nietos. Eran comidas distendidas y sencillas seguidas de una sobremesa donde hablábamos de muchas cosas y donde la señora me contó anécdotas sorprendentes que están recogidas en el libro. Casi al final de la comida, se me acercó un ujier para decirme, en voz baja, que la enfermera de guardia reclamaba mi presencia. Le dije que iría nada más terminar, pero el empleado insistió de modo apremiante: “Doctor, la enfermera quiere que vaya inmediatamente. ¡Ahora mismo!” Pedí excusas y abandoné la mesa. Desde el pasillo pude oír los lamentos del General en plena crisis anginosa. Tenía la tensión arterial altísima, taquicardia, cianosis, respiración anhelante, sudoración profusa y en el electrocardiograma se exhibían arritmias pre-morten. Entre la enfermera y yo conseguimos, milagrosamente, controlar aquella comprometida embestida de la muerte. Creíamos que se nos quedaría entre las manos.

Fue una experiencia médica marcada de tintes dramáticos y que describo detalladamente en el libro. A partir de aquel hecho se fue ampliando el número de médicos y de recursos tecnológicos para asistir con mayor seguridad la eventualidad de nuevas complicaciones.

Primer parte médico. Se evitó la palabra "infarto"

Primer parte médico. Se evitó la palabra “infarto”

La calificas como novela-testimonio, mencióname un pasaje novelado

JLP: Sobre aquellos sucesos ya se había escrito mucho. Yo entendí que abundar en lo mismo describiendo unos acontecimientos conocidos podría resultar tedioso para el lector. Por esa razón, y porque no puedo dejar a un lado mis tendencias como novelista de ficción, introduje algunos personajes no reales, como la mujer del médico, el grupo de componentes de una imaginaria logia masónica y algunos más. Lo hice, entre otras cosas, para dar voz a aquellos otros millones de españoles silenciados por las circunstancias pero abrumados por los hechos y que se expresaban, a nivel de calle, en un lenguaje tácito que quise llevar a la novela a través de esos personajes. Dicho esto, tengo que advertir que el 99% de la novela son hechos rigurosamente reales.

¿Y de dónde viene la idea del encuentro con la Logia Masónica?

JLP: Cuentan, que Franco en su juventud quiso ser masón pero le negaron la entrada en una de las logias para la que se había postulado. Dicen, que despechado por aquella negativa, hizo de la masonería su bestia negra a lo largo de toda su vida personal y política. De ello hay abundantes testimonios que lo certifican. Para Franco el comunismo y la masonería eran los dos grandes enemigos de España. Por esta razón, y porque me divirtió hacerlo, introduje en la novela la escena de un rito masónico imaginario en la que los propios masones indultan al que fue su más persistente enemigo e incluso le proponen ser admitido al rito secreto. Es una pequeña concesión, casi lúdica, que me hago como autor.

¿Quién es “Gabi”? ¿Es cierta la anécdota que narras?

JLP: “Gabi” es el apelativo cariñoso del Dr. Gabriel Artero Guirao, un excelente cirujano cardiovascular, primer ayudante del Dr. Cristóbal Martínez Bordiú y co-cirujano del equipo quirúrgico que intervino a Franco hasta en tres ocasiones para tratar de corregir las recidivantes hemorragias digestivas. Era una persona con un extraordinario sentido del humor, divertido, espontáneo, quien con sus bromas y ciertas excentridades animaba un poco aquel ambiente tan cargado de dramatismo. Las anécdotas que refiero en la novela, incluida la del “portafrancos” son absolutamete verídicas.

Estaba intrigadísima con la “glándula mortuoria”.  ¿Qué es en realidad? ¿Hay algún fundamento científico?

JLP: La “glándula mortuoria” es otra concesión que se hace el autor con un innegable matiz de humor negro. Anatómicamente no ha sido localizada todavía pero, sin duda, debe de existir. Se “activa” en aquellos pacientes en los que el proceso que se ha puesto en marcha sólo se detiene con la muerte. En el caso de Franco la “glándula mortuoria” se le había activado varios meses, quizá años, antes de su muerte. Llevaba tiempo sentado en la antesala de la muerte aumque pocos se dieron cuenta de ello. Por eso, en uno de los pasajes de la obra, cuando la mujer del médico pregunta refiriendose a Franco: “¿Sigue vivo ese hombre?” El médico le responde: “Creo que  murió hace tiempo aunque su corazón todavía no ha dejado de latir”. A lo largo de mi vida profesional me he encontrado muchos “muertos vivientes” en los que lo único que les da apariencia de vivos es un corazón que late y unos pulmones que se expanden, aunque son seres inhábiles en los que el alma ya ha abandonado un cuerpo que resiste de manera automática.

Has dicho: “escribir es, en definitiva, dejar en manos ajenas esquirlas del alma propia”. ¿Qué esquirlas has dejado en El paciente de El Pardo?

JLP: Para mí, al menos, sí. Todos escribimos desde nuestras vivencias personales y eso forma del acervo más recóndito que tiene el ser humano. Llevamos con nosotros una realidad íntima que apenas dejamos traslucir. Tan sólo los escritores se atreven a hacerlo. Por eso considero que quien escribe desde su experiencia vital está entregando una parte de sí mismo a seres desconocidos con los que jamás compartirá otra cosa que las escenas que componen un texto de ficción, siempre cargado de vivencias propias. En mi caso y con relación al “Paciente de El Pardo” es evidente que los textos que componen la novela están cargados de experiencias muy personales, que no puedo ocultar, haciendo con ello partícipe al lector de lo que, en teoría, exclusivamente me pertenece.

¿Con cuál de los libros publicados te sientes más satisfecho?

JLP: Esto es como preguntarle al niño: ¿A quien quieres más a papá o a mamá?. Es cierto que siempre hay un hijo o una hija favorita aunque a todos se les quiera por igual. En mi caso, me siento moderadamente satisfecho de lo que hasta ahora llevo escrito que son 8 novelas, poemarios, ensayos, un libro de relatos cortos, sin contar los numerosos textos médicos, algo que no viene al caso.

He obtenido algunos galardones literarios que tan sólo me han servido para reforzar la titubeante inseguriad que siempre subyace en el espíritu del escritor. Escribo por auténtica necesidad y lo hago casi todos los días. Me fascina crear mundos y personajes ficticios que, una vez han cobrado vida propia, toman su propio camino y su incierto destino, al margen de lo que yo quisiera hacer con ellos. Es decir, son ellos los que me conducen a mí y no al revés. Se me van de las manos, se me escapan y llega un momento de la narración en que ya no puedo dominarlos, sino que son ellos los que me dominan a mí. En eso creo que radica la magia de la literatura de ficción. No hago planteamientos “a priori” en ninguna de mis novelas. No establezco un guión estricto para seguirlo al pie de la letra. Va saliendo solo y eso, sin duda, es lo más fascinante. Me ha pasado con Hora y media a Manhattan con El amor en los tiempos del chat con El Declive y con todas las demás, incluidos los relatos breves.

¿Planes futuros como escritor?

JLP: Planes muy sencillos y nada pretenciosos. Seguir escribiendo hasta donde me permitan las conexiones intersinápticas de mis neuronas. Y procurar hacerlo cada día un poco mejor, aprendiendo de los grandes escritores pero sin perder los horizontes de mi propio estilo, procurando serme fiel a mí mismo y a lo que de mí podrían esperar mis lectores. No pretendo otra cosa. Escribo para vivir, pero no soy tan iluso como para pretender vivir de lo que escribo.