Autoretrato piel de culebra, 2010. Chely Lima.

Autoretrato piel de culebra, 2010. Chely Lima.

Cuando mencionamos la palabra “genio” inmediatamente pensamos en Mozart, Newton, Leonardo da Vinci, Shakespeare, Tolstoi  o Einstein, pero nos cuesta identificar a un “genio” en alguien que te puede mandar un mensaje por Facebook o un email. En alguien que te da los buenos días o te dice que está en cama con gripe.  Es muy difícil reconocer a un genio contemporáneo, tal vez con la excepción de Stephen Hawking.

La  confusión puede originarse porque ni siquiera existe una definición unánimemente reconocida de lo que significa ser un genio. La palabra “genio” tiene sus raíces en los antiguos romanos, en latín, genius que se refería al espíritu de una persona o lugar.  En la mitología mesopotámica eran seres tutelares o guardianes de lugares donde los simples seres mortales no debían tener acceso. Los genios aparecen en el Corán como seres creados de fuego sin humo que pueden obedecer a Dios o demonio. Es decir genio no tenía ninguna relación con una capacidad intelectual o creatividad excepcional.

No fue sino hasta el siglo XVII durante la Ilustración -Enlightenment, en inglés; Illuminismo, en italiano-que el concepto de genio adquirió un significado diferente: un individuo que demuestra poderes intelectuales o creativos excepcionales, ya sea congénito, adquirido o ambos.

Chely Lima: un genio moderno

Hace veinte años Chely Lima era ya una leyenda en La Habana: una precoz narradora, poeta, dramaturga y guionista.  Su primer poemario, Tiempo Nuestro, recibió un importante premio nacional otorgado por la Universidad de La Habana. Sus primeros cuentos reunidos con el título Monólogo con lluvia recibieron el Premio David, uno de los concursos literarios más reconocidos en la Isla. Luego renovó la dramaturgia de las mal afamadas telenovelas; escribió la primera ópera rock cubana y en 1988 obtuvo el Premio Juan Rulfo para literatura infantil con el cuento El cerdito que amaba el ballet.

La bibliografía de Chely Lima muestra la diversidad de una mente excepcionalmente creativa: poesías, novelas, cuentos, guiones de cine y libretos para radio y televisión. Pero al iniciarse el siglo XXI  la vida la golpeó duramente: su esposo y compañero de muchos proyectos literarios, Alberto Ferret, murió en Quito de un infarto cardiaco masivo. Chely decidió esparcir sus cenizas en tres lugares de significado personal para ambos: el interior del volcán Guagua Pichincha, de los Andes ecuatorianos; frente al Templo del Sol; en el malecón habanero; y en las islas del Río Tigre, cerca de Buenos Aires.

La permanencia de Alberto Ferret está presente en la obra de Chely Lima. Quizás se puede apreciar con mayor desgarramiento en un cuento titulado precisamente Permanencia. He aquí un fragmento:

Yo quería una casa para cerrar los ojos y olvidar. Despedí a todos. Necesitaba estar sola, recobrarme a mí misma, esa porción mía que había muerto con él. Mi corazón duro, momificado, adentro. Y vi esta casa espléndida al borde de la quebrada y la quise. Pero la casa me mintió. Porque una vez abierto el escaso equipaje, una vez que cada cosa estuvo en su lugar, llegaron los recuerdos.

Conocí sus libros antes de conocer su persona. Y me mordió la envidia, escribía demasiado bien, mucho mejor que yo. Y todos lo querían, todos hablaban de él en voz muy baja, conmovida. Es el mejor de nosotros, decían. Todos andaban un poco enamorados de él. Yo me prometí odiarlo.

Entonces empezó julio, ese mes que aborrezco. Un mes marcado. Julio me trajo un hombre solar, de ojos muy abiertos, ojos morunos. Ancho de hombros, pronto a abrir los brazos. Hablaba y se reía. Te miraba de reojo, con una malicia involuntaria, y sonreía en silencio. Parecía fuerte y vulnerable al mismo tiempo. Un hombre hermoso, que se movía como un gran felino cebado. Se me encendió la codicia. Lo quería en mi cama, en mi cuarto con el cerrojo echado y tres vueltas de llave. Lo quería para siempre en mi casa, amarrado a mis pantalones. Y lo tuve.

Pero una vez desnudos, el hombre se me convirtió en un muchacho tímido sentado al borde de la cama, mirándome con ojos diáfanos, diciendo “Eres tan bella, ¿puedo tocarte? Nunca tuve a nadie como a ti. Pareces una estatua”. Me incliné a besarlo en la boca y caí sobre su pecho. Nos revolcamos como enloquecidos. Y no había forma de parar.

Flotábamos, lo recuerdo, en medio de una pompa de luz. Vivíamos confinados el uno en el otro, pendientes de un universo recién descubierto, un universo tiránico, excluyente, hecho de piel y saliva y rumores nocturnos, con el viento dando topetazos en las ventanas abiertas y revolviendo papeles inútiles, adorados no más hasta ayer.

Entonces abrí los ojos, miré alrededor y me di cuenta de que estábamos en una jaula. Él dormía a mi lado, con el cuerpo saciado, calmo. Y yo tuve una visión extraña. Vi dos animales blancos, tal vez ocas —de aquellas ocas sagradas que seguían el rastro de la Gran Madre, imprimiendo una runa como huella en el polvo. Dos animales de grandes alas confinados en un corral, entre las aves destinadas al caldero. Batían alas, ignorantes del mapa del cielo sobre sus cabezas. Batían las alas en un remolino de plumón y estiércol. Me aplastó la tristeza. Salté de la cama, abrí la puerta de la jaula de un empellón, y miré afuera, al ancho mundo.

Él despertó también y vio la puerta de par en par. Le dije “No estamos hechos para la mansedumbre”. Mi hombre asintió, y así mismo, desnudo como estaba, vino hacia mí, me agarró fuerte y me llevó hasta la puerta de la jaula. Sin dudar, saltamos. Juntos. Hombro contra hombro.

Mi casa es una casa que aposenta a un muerto, y creo que todos los vecinos lo saben. Todos tienen que haber visto su sombra moviéndose detrás de los cristales, junto al fulgor de la estufa en invierno, alargando las manos translúcidas al calor del fuego de ramas de eucalipto.

[…]

Hice todo para alejarme de los recuerdos. Quemé papeles, rompí fotos, me deshice de las ropas, destruí todas las cartas. Cambié mi cara en los espejos. Yo no era yo, porque yo había sido calcinada con su cuerpo. Pero no es posible escapar del silencio. No es posible escapar de las manos del viento ni del susurro persistente del agua en la quebrada.

Quien nunca quiso ser ayudada, un día pidió ayuda.

Memorias de tiempo circular

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Memorias del Tiempo Circular (Eriginal Books), 2014. Cuatro novelas breves de Chely Lima.
Diseño de portada: Elena Blanco

Memorias del Tiempo Circular es la más reciente obra de Chely Lima. Un elemento en común emparenta estas cuatro novelas breves: el misterio, que impulsa a los personajes más allá del miedo, el olvido o la muerte.  En La Gran Piedra, un psicólogo amargado y cínico se ve obligado a enfrentar su costado oscuro para acceder a la luz; en Memorias del tiempo circular un hombre y una mujer unidos por un extraño destino se persiguen, dispuestos a matarse; en Tarde infinita un viajante fracasado trasciende el hundimiento de su mundo; y en Un círculo en el suelo una mujer descubre que su verdadera identidad supera toda noción temporal.  Cada historia intenta confirmar a su manera la vía del amor como la única aceptable para acceder al misterio…

La prosa de Chely Lima se mueve en un universo fantástico, onírico, mágico y maldito, como la existencia de la autora que vive en un mundo virtual en un barrio de Miami.

El día 2 de abril en el Koubek Center, gracias a la Fundación Cuatro Gatos, Miami podrá disfrutar de un genio contemporáneo, uno de esos genios modernos que te regala un “buenas noches” y devuelve una sonrisa: Chely Lima presentará Memorias del tiempo Circular.

PRESENTACIÓN DE MEMORIAS DEL TIEMPO CIRCULAR
Abril 2  8:00 pm
Koubek Center, Miami Dade College
2705 SW 3rd Street. Miami