En muchas culturas atribuyen nueve (o a veces siete) vidas a los gatos. El mito tal vez se motiva por la flexibilidad y la rapidez que exhiben estos felinos para escapar de situaciones peligrosas. Otros consideran que la leyenda tiene sus orígenes en la brujería. Un libro titulado Beware the Cat, escrito por el autor inglés William Baldwin durante la oscura Edad Media (1584), contiene la frase: «Se permite a una bruja tomar el cuerpo de un gato nueve veces».

Lo cierto es que yo nací un día 9, y he gastado siete vidas, tal vez el gen de supervivencia venga de la sangre polaca y bielorrusa de mi madre.

La primera vida: una vulgar gastroenteritis

No había cumplido un año todavía cuando el pediatra le comunicó a mi mamá que no pasaría de esa noche. Estaba deshidratada y varios órganos empezaban a dar alarmantes signos de fallo fatal. Mi abuela paterna, una ferviente católica, en medio del desespero pidió a mi madre que me bautizara para «no morir judía». Sea por los rezos de mi abuela o la promesa de mi madre de bautizarme si sobrevivía, al amanecer comencé a mejorar.

Marlene Moleon

Con mi mamá, poco después de la gastroenteritis

La segunda vida: una bala perdida

Desde el patio de mi casa se podía saborear el salobre de las gotitas de las olas en un día de «invierno» habanero. Vivía en los años sesenta con mi mamá y hermanas en un apartamento de dos dormitorios en Miramar, justo detrás del Acuario Nacional. Nuestros paseos diarios, luego de la escuela, no eran a algún parque convencional –no los había en Miramar– sino a ver el estanque de las tortugas y careyes, la piscina de los delfines y la de los tiburones.

Una noche de verano me despertó un tableteo desconocido. Pensé que era una tormenta. A los pocos segundos mi madre apareció en la habitación donde dormía con mis dos hermanas. Llegó arrastrándose por el piso y pidiéndonos que nos echáramos al suelo. Irina, mi hermana menor, empezó a saltar en la cama y preguntar cuál era el juego. La orden de sargento de caballería de mi madre: «¡Al suelo!» hizo que mi hermana reaccionara de inmediato, percatándose de que se trataba de algo serio.

Llegamos junto a ella y permanecimos echadas en el piso, en el medio de la habitación. Mi madre cubría nuestras cabezas con sus brazos y nos susurraba que debíamos permanecer quietas. No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que el sonido se fue haciendo más distanciado y lejano para finalmente extinguirse.

Luego, algunos vecinos pasaron la voz: «Una lancha atacó la casa del presidente Dorticós, pero la confundieron con el acuario». En el patio de mi casa, justo donde jugaba con mis hermanas a saborear con la lengua afuera las minúsculas gotas salobres de las olas, había una pared destrozada.

A la mañana siguiente supimos que las víctimas del ataque fueron los delfines y tiburones. Varias balas rompieron los cristales de las piscinas.

Muchos años después, en Miami, conocí al dueño del cañón que disparó al Acuario Nacional. Ya él no creía en la violencia y me regaló una de aquellas balas que no llegaron a disparar y hubiera podido matarnos a mis hermanas y a mí.

Una de las balas del cañón que disparó al Acuario Nacional. La mantengo en mi oficina como recordatorio de la estupidez de la violencia

Una de las balas del cañón que disparó al Acuario Nacional. La mantengo en mi oficina como recordatorio de la estupidez de la violencia

La tercera vida: el tiburón ballena

En el verano de 1975 casi todos los bañistas en la costa rocosa del norte de La Habana miraban por encima del hombro por el temor de ver una aleta descomunal a sus espaldas. En junio se había estrenado el filme Jaws (Tiburón), y todos los niños que crecimos bañándonos despreocupadamente en los arrecifes y fondos coralinos de Miramar estábamos un poco apencados, aunque nadie lo quería reconocer. Los cuentos de ataque de tiburones en Cojímar, las playas de Santa María o Santa Fe y en Isla de Pinos se expandían y multiplicaban de manera exponencial, lo que aumentaba los temores de los bañistas.

Por esa época noviaba con un campeón de pesca submarina y buzo de profesión. Yo, que crecí junto al mar, estaba fascinada con el descubrimiento del mundo submarino. Todo me atraía, desde los caracoles de santo o Chamalongos usados por los santeros para conocer qué va a deparar el futuro hasta las hambrientas picúas, que solo se comen en verano porque en invierno tienden a la ciguatera.  Aprendí a cordelear, bucear, encontrar buenos pesqueros, distinguir los corales de fuego y las especies marinas más comunes: pargo, cherna, loros, pez perro, morenas, aguají, mero, cuberas, chucho, mantas y cornudas…

En Cuba, a pesar de ser una isla con más de cinco mil kilómetros de costa, resultaba muy difícil a cualquier cubano montar en un bote; hacía falta carné de pesca, trabajar en turismo o un extranjero que lo invitara a pasear. Mi novio era muy cotizado por los extranjeros que vivían en la isla porque siempre pescaba algo, aun en los días malos.

Una mañana a mediados de octubre, junto a un secretario de prensa húngaro, dos amigos y mi novio, estábamos pescando en un bote en la playa Santa María, frente al Hotel Atlántico. Allí el talud insular está a menos de 200 metros de la costa, con una caída vertical que lleva a un abismo lleno de cuevas y hundimientos en las rocas en los que puedes encontrar numerosos peces. Luego el declive se extiende abruptamente, no se ve el fondo y las aguas no son tan cristalinas.

No era un buen día. Había una intensa corriente que hacía más ardua la labor, y uno de los criollos fusiles neumáticos había tenido una avería. Al distraerme por un momento de mis funciones, la corriente me alejó del resto. Mi novio seguía en las profundidades, a la espera de un buen tiro. Cuando me percaté de que estaba sola, saqué la cabeza a la superficie en busca del bote y vi al húngaro y los dos amigos que hacían señas para que me acercara a ellos, mientras señalaban con el dedo al fondo del mar. Me sumergí para ver con la máscara debajo del agua. Con horror vi que se acercaba hacia mí la criatura más grande que había visto en mi vida, medía más de once pies de largo y parecía, ¡era!, un tiburón. Mi corazón se paralizó. Empecé a hiperventilar. De inmediato me acordé de la película Jaws e inmovilicé las piernas. Majestuosa e indiferente, la criatura pasó por debajo de mí, abrió su descomunal boca y siguió rumbo a las profundidades.

Pocos minutos después, cuando mi novio calificaba de pendejos a mis acompañantes por haberse subido al bote sin ocuparse de mi, supe que era un tiburón ballena, el pez más grande del mundo, que puede llegar a medir doce metros de longitud y habita en la Tierra hace sesenta millones de años. No tiene dientes y se alimenta de plancton, algas y pequeños crustáceos.

Ustedes dirán que esta historia no vale en mi conteo, pero si el tiburón ballena se hubiese acercado más yo habría muerto de terror. Creo que ahí aprendí a mi manera la fórmula que años después expresaría Jack Canfield: E + R = O (Event + Reaction = Outcome).

Un tiburón ballena, para los que no lo conozcan.

Un tiburón ballena, para los que no lo conozcan.

La cuarta vida: un derrumbe

El martes 23 de febrero de 1982 amaneció con un cielo despejado y una excepcional temperatura fresca. Estaba en la puerta de la casa, cerca de las siete de la mañana, cuando el teléfono repicó impertinente. ¿Quién puede ser a esta hora? Regresé a contestar y una vecina me dijo que a mi mamá se la habían llevado de urgencia para el hospital Calixto García y no había podido avisar a mi hermana. En aquel entonces yo vivía con mi papá en Nuevo Vedado.

Estaba recién graduada de arquitecta y me habían «ubicado» en la Dirección Municipal de Arquitectura de la Habana Vieja. Era un trabajo aburrido, llenando formularios y haciendo reportes técnicos. Mi salario era de 198 pesos, lo que correspondía a un recién graduado en servicio social.

Aquello no alcanzaba para comprar una libra de jamón a la semana (6.00 pesos) o una compota de manzana búlgara (1.00 peso). Para desplegar mi creatividad y ayudar a las finanzas, me convertí en artesana de la Plaza de la Catedral; esa fue, de cierta manera, mi primera experiencia empresarial. Compraba horribles collares hechos por empresas estatales, que los vendían entre cinco y diez pesos. Los deshacía y volvía a combinarlos con semillas, papel maché, cuentas de cerámica, fibras, retazos de cuero, y de cada collar de diez pesos obtenía una ganancia de cien. En cada Sábado de la Catedral, una feria artesanal frente a la Catedral de La Habana, podía hacer entre 300 a 1 000 pesos. Con ese ingreso me alcanzaba para el jamón, las compotas de manzana y hasta algunas botellas de vino y de ron. Pero, siempre hay un «pero» en Cuba, tenía que mantener mi trabajo y no solo eso, sino que debía tener una actitud impecable: no llegadas tardes, ausencias o incumplimientos del plan de trabajo y ser elegida trabajadora destacada.

Esa mañana de febrero me habían citado a las 7:30 a.m. a una reunión con los «factores» –Poder Popular, Partido y Unión de Jóvenes Comunistas (UJC)– en el Hotel Pasaje del Prado, contiguo al otrora fastuoso cine Payret. Había planes de construir un centro de recreación de la UJC en la planta baja del antiguo hotel. La «orientación» a la Dirección de Arquitectura era que había que «acelerar» los permisos de construcción porque ya habían comenzado la obra. En ese entonces lo que antes fueron habitaciones de hospedaje se habían convertido en cuarterías de hacinadas familias y se habían multiplicado las barbacoas; rústicos entrepisos de madera construidos por los moradores para duplicar el escaso espacio donde mal vivía cada familia. Pero la planta baja permanecía desocupada.

¡Qué dilema! Faltar a aquella importante reunión podía significar el fin de mi licencia de artesana, pero no podía dejar a mi mamá sola sin saber que había pasado. (Recuerden que en 1982 no había celulares y ni siquiera en todas las casas había teléfonos privados). Llamé al trabajo para informar de la novedad, pero nadie contestó el teléfono y no existía la posibilidad de dejar un mensaje. No lo pensé dos veces. Me fui al hospital Calixto García.

Mi mamá tuvo una cirugía de urgencia y tres horas más tarde estaba en cuidados intensivos. Logré hablar con el cirujano, quien me aseguró que todo había salido bien, pero las visitas a cuidados intensivos no estaban permitidas hasta la tarde.

Decidí entonces ir hasta el trabajo en la Habana Vieja, para regresar más tarde al hospital. Antes de llegar, cuando todavía estaba en el ómnibus, supe que algo terrible había pasado. En toda la calle del Prado frente al Capitolio y hasta el cine Payret había un grandísimo alboroto: autos de policías, ambulancias, camiones de bomberos, una inmensa grúa y mucha gente, hasta el balcón del techo del edificio del Capitolio estaba repleto de gente.

Corrí con ansiedad y entonces supe lo sucedido: se había producido un derrumbe en el hotel Pasaje del Prado. Los bomberos estaban en las labores de rescate entre los escombros. Hubo varios muertos y más de una decena de heridos. No hubo más víctimas porque, a la hora que se produjo el derrumbe, muchos niños habían salido para la escuela y los mayores para el trabajo. Entre los muertos se encontraba uno de los «factores» que había llegado temprano a la reunión. Yo habría llegado temprano también… Esa fue la segunda vez que mi mamá me parió.

Nota: Un amigo, funcionario de la Dirección Provincial de Arquitectura, que había estado antes en el local, me afirmó que la brigada de construcción de la UJC había removido festinadamente una columna de carga, y que esa fue la razón del fallo estructural y no la sobrecarga por barbacoas y los tanques de cincuenta y cinco galones de agua de los vecinos, como anunció el periódico Granma.

La quinta vida: un ataque terrorista

En el año 2001 estaba viviendo en Ottawa y trabajaba para Human Rights Internet. En el mes de septiembre debía asistir a una conferencia de Naciones Unidas en New York y decidí hacer el viaje por carretera.

Yo había viajado varias veces a New York y hecho el turismo reglamentario: visitas a museos –MoMA, Historia Natural, Guggenheim, Ellis Island, Metropolitan, Moving Image– y paseos por Central Park, Green Village, el puerto, el barrio chino e italiano. También me había deleitado con varios espectáculos de Broadway, escudriñado hasta el más mínimo detalle joyas arquitectónicas –Empire State, la biblioteca pública, Grand Central, la torre Beekman, Flatiron, Chrysler, Rockefeller Center, la catedral de St. Patrick–, y aunque había estado en la plaza del World Trade Center no había subido porque siempre había filas que demoraban más de dos horas.

Cuando le comenté a una amiga neoyorkina que quería ver la vista de New York desde el World Trade Center (WTC) me invitó a desayunar en Windows on the World, famoso restaurante ubicado en el piso 107 de la torre norte. Quedamos en vernos en el lobby a las 8:00 a.m. del día 11 de septiembre del 2001. Ella reservaría la mesa.

Antes de salir de Ottawa cambiaron los planes a última hora, tenía que hacer algunas gestiones en la ciudad de Buffalo el día 11. Mi amiga pospuso el desayuno para la mañana del 12 de septiembre.

A las 8:46 a.m. del 11 de septiembre del 2001 el vuelo 11 de American Airlines se estrelló contra la torre norte, entre el piso 94 y el 98. Había 171 personas en el restaurant a esa hora. Todos murieron cuando la torre se desplomó a las 10:28 a.m.

Mi amiga todavía hoy me agradece el cambio de planes de última hora.

En una de mis visitas a New York. A la izquierda a los pies del World Trade Center

En una de mis visitas a New York. A la izquierda a los pies del World Trade Center

La sexta vida: un traspaso de males

Uno de los lugares que siempre visito cuando llego a Montreal es el Oratorio de San José, en Mount Royal. No es que sea una ferviente católica practicante, es que la vida del Hermano Andrés (canonizado en el año 2010) es un recordatorio permanente a la perseverancia; la música en el oratorio eleva el espíritu pues el coro La Maîtrise des Petits Chanteurs du Mont-Royal es un canto de ángeles; y un concierto del magnífico órgano compuesto por 5 811 tubos, uno de los diez más prestigiosos del mundo, es una de esas cosas que hay que disfrutar al menos una vez en la vida. Por último, la exposición de natividades de más de cien países es una muestra de la diversidad; cristianos africanos interpretan el nacimiento de Jesús con los Reyes Magos encima de elefantes, mientras los retablos de Perú son un despliegue barroco multicolor. Los hay de porcelana, plata, conchas marinas, paja, barro, madera, estaño, cristal… Jesús tiene piel negra en algunas natividades y, en otras, ojos rasgados. En resumen, una muestra de la pluralidad en la interpretación del cristianismo.

De todo el oratorio, la capilla votiva o la Capilla de Ex-votos es una de las más hermosas, encerrada entre la iglesia cripta y las rocas de Mount Royal. Los antiguos votos –bastones y muletas– están suspendidos entre sus pilares. Estos objetos fueron dejados en el santuario por peregrinos agradecidos a san José por favores y curaciones durante la vida del Hermano Andrés. El candelabro central delante de la estatua de san José tiene cerca de 3500 velas votivas y la capilla en su conjunto contiene 10 000 velas.

En una de mis visitas a la capilla votiva encontré, junto al altar de san José, a una mujer de rasgos asiáticos que rezaba con fervor mientras estaba sumida en un llanto silencioso. Su rostro reflejaba un gran desconsuelo, sin que se preocupase de lo que sucedía alrededor. Justo cuando iba a subir los escalones frente a la estatua de san José, la mujer se levantó y tropezó conmigo. No pidió disculpas, siguió su camino con la cabeza gacha y desapareció tras una de las puertas laterales que conducen a los jardines. Yo continué con mi propósito de encender unas velas cuando sentí un calor sofocante. ¡Mi abrigo estaba en llamas! Bajé apresurada las estrechísimas escaleras, lo cual incrementó el fuego y cuando estuve en el pasillo me quité el abrigo y lo tiré al suelo. Un guardia apagó las llamas con un extinguidor que lanzó un denso humo. No sufrí quemaduras, el grueso abrigo me protegió y solo se chamuscaron algunos cabellos.

Regresamos esa noche a Ottawa. Desde el instante en que abandonamos Mount Royal, comenzó a suceder toda suerte de infortunios: poco faltó para tener un accidente cuando perdimos el control del automóvil por la carretera congelada, una parte de la casa quedó a oscuras por un desperfecto eléctrico, mi perro no me saludaba y me lanzaba cortos gruñidos de desconfianza, tropecé y caí por las escaleras, enfermé con una terrible gripe, hubo un intento de robo en mi cuenta bancaria en el Banco de Montreal, la secadora de platos se rompió e inundó parte del comedor hasta arruinar la alfombra…

Dos días después, estaba todavía con el malestar de la gripe cuando hablé por teléfono con mi primo en Miami. Él me llamó y luego de los saludos usuales me dijo sin mayor preámbulo: «Una china te ha traspasado sus males». Me quedé pasmada. Nadie había hablado con mi familia en Miami. Estábamos a más de dos mil quinientos kilómetros de distancia. ¿Cómo se podía haber enterado? Ante mi silencio, aclaró que tuvo una visión. Esa señora tenía muchos problemas, no podía más, estaba desesperada. «Pero, ¿por qué a mí? Yo no le he hecho nada a esa mujer». Mi primo aclaró: «Eres una mujer fuerte y Dios te ha escogido para que lleves su carga». El asunto no me hacía ninguna gracia. ¿Qué hacer? Yo no creía ser tan fuerte y no me parecía justo cargar con la desgracia de otros sin más ni más. Mi primo me recomendó algunos remedios para «limpiarme»: un baño con flores blancas y albahaca que debía dejar una noche al sereno de la luna –algo difícil de hacer con el invierno de -20°C–, limpiar la casa con agua y vinagre, pasar hielo por las paredes, poner sal en las esquinas, hacer un sahumerio con hierbas de tomillo, apasote y ruda –que tuvo que mandar desde Miami–, cambiar de posición los muebles, poner una vela blanca y una negra en cada habitación junto a un vaso con agua y barrer toda la casa –«barrer», aquí la aspiradora no sirve– hacia la entrada mientras recitaba una salmodia que no recuerdo.

Al día siguiente del despojo todo volvió a la normalidad.

En una de las visitas a la Capilla Votiva con Juan Antonio Blanco y Elena Blanco

En una de las visitas a la Capilla Votiva con Juan Antonio Blanco y Elena Blanco

La séptima vida: un alien en mi vientre

Hay palabras que despiertan el miedo. No el pánico súbito que inunda el cuerpo cuando escucha algún vocablo como puede ser «bomba» o «terremoto», sino el miedo frío que hace temblar el alma y carcome silenciosamente la vida. Es el miedo al miedo, y una de esas palabras es «cáncer».

Mi médico de familia en Ottawa, el doctor Escudero, solía decir que después de los cincuenta años se vencían las cien millas de garantía. Algo debe haber de cierto en su sentencia porque este año han empezado los achaques. Primero una enfermedad inmunológica llamada Hashimoto; lo malo es que no tiene cura, lo bueno es que tiene tratamiento. Luego fueron miomas que extrajo el Dr. Peñalver, uno de los mejores ginecólogos oncólogos de la Florida. Todavía quedan algunas pruebas pendientes, pero parece que los gatos tienen nueve vidas y todavía me quedaría una por gastar.