Yo escribo novelas precisamente porque no me llama la atención ni la riqueza ni la fama; para mí, solo deberían ser famosos los que descubran la cura del Altzeimer o del Ébola, los médicos que salvan vidas cada día..., en fin, personas que realmente hacen algo para mejorar el mundo en el que viven.

Yo escribo novelas precisamente porque no me llama la atención ni la riqueza ni la fama; para mí, solo deberían ser famosos los que descubran la cura del Altzeimer o del Ébola, los médicos que salvan vidas cada día…, en fin, personas que realmente hacen algo para mejorar el mundo en el que viven.

Al amanecer leí  un comentario de Amelia Noguera a propósito de la publicación de su novela La marca de la luna  el próximo jueves.  (En preventa).

Aquí lo traigo para los lectores de Eriginal Books:

Algunos amigos están emocionados con mi próxima publicación: “jo, vas a ser famosa y rica”, me dicen. Si yo no fuera como soy, no escribiría este mensaje y dejaría que algunos otros lo pensaran también, al fin y al cabo, todo el mundo quiere ser rico y famoso y se conformarían con que los demás creyeran que lo son. O casi todo el mundo. Yo escribo novelas precisamente porque no me llama la atención ni la riqueza ni la fama; para mí, solo deberían ser famosos los que descubran la cura del Altzeimer o del Ébola, los médicos que salvan vidas cada día…, en fin, personas que realmente hacen algo para mejorar el mundo en el que viven. A mí escribir me permite responderme muchas preguntas y eso me ha bastado hasta ahora para terminar cinco novelas y meterme de lleno en esta locura de vida en la que me encuentro ahora.

Pero la realidad es que no solo no voy a hacerme rica con mis libros: ni siquiera es previsible que vaya a poder vivir de la literatura. No soy agorera ni pesimista, solo tengo los pies en el suelo. Quizás si hubiera empezado en esto hace diez años, me habría dado tiempo a llegar a suficientes lectores como para que, descartando a aquellos que por una razón u otra decidieran piratear mis libros, aún siguieran quedando bastantes como para que con lo que obtuviera de sus compras (un porcentaje del 10% del precio del libro menos impuestos) pudiera dedicarme a escribir. Algunos nuevos autores lo están logrando, pero estadísticamente es más probable que me toque la quiniela, a la que no juego aún.

Muchos dicen que esto lo sabe todo el mundo y que qué esperamos, si ni siquiera los autores consagrados a lo largo de la historia, los buenos de verdad, vivían de la literatura: eran profesores, capitanes de barco, pasantes, camareros o enterradores. Cierto es en muchos casos, aunque no siempre: los que se dedicaron toda su vida a la escritura, de un modo u otro consiguieron vivir de ella.

Uno de los primeros consejos de Carmen Barcells, la superagente literaria, a un recién estrenado representado ahora famosísimo premio Nobel fue que o se dedicaba de verdad a escribir o se olvidara de crear algo verdaderamente bueno. Y la realidad que yo vivo ahora me ha demostrado que, para escribir novelas como La marca de la luna, tienes que profesionalizarte y dedicar diez o doce horas diarias a la escritura, durante un largo periodo de tu vida. La Tierra tarda 24 horas en dar la vuelta al sol, así que decidí dejar de trabajar como traductora otras diez horas diarias porque no me salían las cuentas. Lo hice conscientemente, porque o lucho de verdad por lo que quiero ser, por ese sueño que muchos me animan a perseguir, o nunca sabré si realmente he puesto todo de mi parte para lograrlo. Nadie me ha obligado y nadie me ha prometido nada.

Sin embargo, las noticias sobre la marcha del sector editorial son tan descorazonadoras que te obligan a ver la realidad: y los sueños, sueños son. Ahora no solo dudo sobre qué novela seguir escribiendo, sino que la mayor duda es si conseguiré terminarla algún día. Puedes pasar tres años de tu vida durmiendo cinco horas diarias y sacando otros momentos de debajo de las piedras para dedicarlos a tu pasión, pero ¿podré hacerlo indefinidamente? Y los pobres no tenemos más remedio que desempeñar un trabajo remunerado para pagar los calzoncillos y las bragas de mis hijos.

Y los que pirateáis, por favor, no veáis en estas palabras un reproche, no lo hay. Esta experiencia es una de las más maravillosas que he vivido y hasta ahora eso me ha bastado. No tiraré la toalla aún, me queda un emocionante camino por delante y durante los dos próximos años dos editoriales publicarán cuatro de mis novelas, así que podría producirse el milagro. O también podría encontrar un mecenas que me diera de comer o ganar un premio literario de esos de 600.000 euros. Pero quería dejar las cosas claras porque creo firmemente que para cambiar lo que no te gusta hay que intervenir.

"La marca de la Luna" en preventa en Kindle e impreso en Amazon

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