Alfredo Pérez se estrena hoy  como novelista con la publicación de la novela El túnel del oro.

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La edición electrónica estará en preventa en Amazon desde hoy, día de Obatalá, creador de la tierra, dueño de los pensamientos y los sueños,  hasta el 28 de octubre, día de San Judas Tadeo, el patrón de las causas desesperadas. Porque es una misión difícil convertirse en escritor, así que estamos alineando planetas y rogando a santos y orichas para que este debut de Alfredo Pérez llegue a feliz término.

El túnel del oro, novela de Alfredo Pérez en preventa en Amazon por $0.99. Diseño de portada: Ernesto Valdes

El túnel del oro, novela de Alfredo Pérez en preventa en Amazon por $0.99.
Diseño de portada: Ernesto Valdes

¿QUIÉN ES ALFREDO PÉREZ?

Alfredo Pérez es arquitecto con una maestría en restauración de obras patrimoniales. Especialista en técnicas catalanas de construcción (cúpulas, escaleras y otras técnicas tradicionales).  También es diseñador y realizador de vitrales.

De cierta manera estos conocimientos los ha traído a esta novela de aventuras El túnel del oro. Escrita con un lenguaje sencillo, la novela se inicia en La Habana de 1867, cuando dos amigos descubren un túnel que une el Palacio de los Capitanes Generales, sede del gobierno, con una vivienda cercana en la que trabajan. Deciden timar a la Corona española sustrayendo parte de una de las remesas de doblones que se enviaban a la metrópolis, pero los sucesos se complican de tal manera que cincuenta años más tarde…

 EL TÍTULO

El título se lo debemos a un brainstorming en Facebook en los que participaron Blanca Miosi, Fernando Gamboa, Pablo Martínez Burkett, Jordi Diez, Jan Fariña  y otros escritores. A todos, gracias.

FRAGMENTO DE EL TÚNEL DEL LORO

CAPÍTULO 1 El hallazgo (1867)

COMENZABA a oscurecer cuando Lisardo decidió desmontar aquellos maderos que recubrían la pared del closet de la tercera habitación. Hacía dos meses que trabajaban en la remodelación de esta antigua casa colonial, edificada a finales del siglo XVI. Aquel polvo añejado estaba esparcido por todos lados; sin embargo a él no le molestaba, estaba acostumbrado al olor de la cal y la madera. Llevaba en este negocio casi la mitad de sus veintiséis años de edad. Era un joven de mediana estatura, no fornido, pero muy ágil y diestro en su oficio.

El resto de los trabajadores ya se había marchado, a excepción del maestro de obras; quien sobre una improvisada mesa realizaba algunas anotaciones en un pergamino mientras silbaba una melodía de la época.

―¡Don Fernando, don Fernando!

―¿Qué pasa, Lisardo?

―¡Venga hasta acá, por favor, creo que he descubierto un pasadizo secreto!

El hombre saltó de su silla y corrió hacia el lugar.

―¡Ostras, pues sí, compadre…, creo que tienes razón!

―Buscaré un quinqué para alumbrarnos.

―Sí, veamos qué tenemos por acá. De paso cierra la puerta del frente, por favor.

Unos minutos más tarde, cruzaron una sólida puerta de madera y bajaron cuidadosamente por una estrecha escalinata de piedra hasta casi diez metros de profundidad. A continuación se aventuraron por aquel oscuro y abandonado túnel. Un fuerte olor a humedad se percibía, y de vez en cuando los sorprendía el ruido provocado por el aleteo de los murciélagos.

―¿Qué rumbo llevamos, don Fernando?

―Yo diría que vamos rumbo al norte. Si no me equivoco, estamos pasando por debajo de la calle Obispo.

―Entonces vamos hacia el Palacio.

―Creo que sí.

Después de avanzar con dificultades, a unos veinticinco metros, encontraron otra galería secundaria que corría hacia el oeste.

―Hay agua en el suelo, don Fernando, tenga cuidado.

―Sí, ya me he percatado. Esta agua tal vez proviene de uno de los canales subterráneos de la zanja real.

Después de andar casi otros veinticinco metros, los dos amigos encontraron una escalera de madera.

―Lisardo, espérame aquí abajo, sin hacer ruidos. Veamos hacia dónde nos conduce esta escalera.

El contratista comenzó lentamente el ascenso, apoyándose con precaución sobre aquellos viejos peldaños. Sus seis pies de estatura lo obligaban a encorvarse un poco. Al llegar al nivel superior encontró un pequeño espacio que daba la impresión de estar cerrado completamente. Lo revisó tratando de encontrar una salida, pero no la halló.

Se quedó unos instantes esperando escuchar algún ruido o sonido, pero fue en vano. Por un momento algo llamó su atención desde el suelo y se inclinó. Observó detenidamente bajo la luz del quinqué aquella joya. Era una antigua cadena de oro de la cual pendía un medallón. La colocó en su bolsillo, y unos minutos más tarde se reunió con Lisardo.

―Regresemos ahora, compadre, y vamos a tapiar la entrada de este pasadizo para que nadie la descubra.

Al concluir le comentó a su amigo:

―¿Sabes, Lisardo? Todavía no estoy del todo seguro, pero creo que hemos hecho un gran hallazgo.

Lisardo lo miró, también sorprendido.

―Debemos mantener esto en secreto. Trataré de buscar información en los archivos de proyectos de la Capitanía General.

―¿Y eso para qué?

―Para saber con qué edificio se comunica. Al parecer este túnel lleva muchos años cerrado. No sabemos con qué objetivo se construyó ni por qué razón fue clausurado.

Fernando quedó pensativo por un par de minutos. Se acarició su barba en el mentón, entonces sus ojos pardos brillaron al decir:

―Lo revisaremos con calma en los próximos días. Donde hubo secretos siempre existe la posibilidad de que pueda haber oro.

―¡Recórcholis! ―exclamó el capataz frotándose las manos―. ¿Usted cree?

Fernando asintió con un gesto al tiempo que sacaba la cadena que había encontrado en el túnel y se la mostraba a Lisardo. Cualquier otro habría escondido la joya, pero el confiaba en Lisardo, ambos eran amigos de la infancia, llevaban varios años trabajando juntos y además eran compadres. Fernando era el padrino de su hija y en el futuro seria reciproca esa hermandad.

―¡Ah…, qué hermosa joya! Tiene la figura de una cortesana.

Capítulo 2. La Villa de San Cristóbal

EL AMANECER comenzaba a vislumbrarse sobre la ciudad. La neblina se disipaba por detrás de la vieja Fortaleza de San Carlos, que había sido construida sobre una colina al este de la bahía. El viejo faro, que había estado enviando sus señas todas la noche, ahora se dejaba ver erguido majestuosamente sobre un risco.

Poco a poco, desde la cubierta del barco, los viajeros observaban con expectativa aquella ciudad por la cual se habían aventurado a cruzar de un continente a otro. Esa ilusión que empuja a todos los emigrantes a dejar su pasado y comenzar en otras tierras un nuevo capítulo.

Casi un mes había durado la travesía, y muchos habían gastado prácticamente todos sus ahorros en financiarla; un bolso o una maleta con unas pocas pertenencias era todo lo que poseían. Solo los más aventajados contaban con una carta de recomendación para algún pariente en la isla, que les brindaría más posibilidades de conseguir trabajo. Una mirada observadora sería capaz de distinguir dentro del grupo de pasajeros a Rómulo, un joven de veinticinco años, alto como una vara, con barba cuidadosamente recortada y que por su apariencia y comportamiento no parecía compartir las mismas preocupaciones del resto de los pasajeros.

Después de casi media hora de espera el vapor dirigió su proa hacia la angosta entrada de la bahía, que estaba custodiada a ambos lados por dos antiguas y enormes fortalezas; en dirección al este el Castillo de los Tres Reyes, y hacia el oeste La Punta. Ambas habían sido edificadas en el siglo XVIIdurante la etapa colonial, con el fin de proteger a la villa de los azotes de corsarios y piratas.

San Cristóbal había sido fundada en 1519, en la proximidad de la bahía y adoptando forma de herradura. Por el borde este de la misma se extendía la Avenida del Puerto con sus muelles y negocios, más al sur estaba la Alameda de Paula, en el extremo opuesto corría el Paseo del Prado.

Un conjunto de estrechas calles y plazas entretejía la red urbana de esta parte antigua de la capital, conocida como La Habana de intramuros.

Los campanarios de las iglesias sobresalían por encima del perfil de la ciudad, que a su vez estaba conformado por una diversa gama de lujosas viviendas, palacios, comercios y edificios públicos. La vista de los viajeros se recreaba con aquella prolífera riqueza arquitectónica que se había concebido a lo largo del periodo colonial y allí, todavía en pie, se codeaban con otros exponentes de la arquitectura más reciente.

Rómulo, algo apartado, escuchaba la conversación. Introdujo su diestra en el bolsillo del abrigo y apretó ligeramente un antiguo medallón de oro con una cadena que allí guardaba, lo sacó y lo miró al tiempo que murmuraba en voz baja:

―Ya hemos llegado.

Su misión aún estaba por comenzar, y desconocía qué tiempo le llevaría cumplirla, pero si de algo estaba seguro era de que no podía defraudar a su padre.

doblon

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