Alejandro Fonseca (Foto de Ernesto G.)

Alejandro Fonseca (Foto de Ernesto G.)

Alejandro Fonseca es un auténtico poeta, en días en que muchos intentan obtener la epifanía del verso depurado.

Lourdes  González Herrero
Escritora

Su muerte enluta no solo a la poesía cubana, sino a la poesía.

Luis de la Paz
Escritor y periodista

Se sentía un sobreviviente de muchos naufragios y estaba agradecido por eso. Presumía de su fuerza de voluntad, de su poesía y de su mujer; esas tres cosas lo habían salvado. Y lo seguirán salvando, porque gracias a ellas también hizo su obra y contra eso el olvido no puede.

Camilo Venegas
Poeta y periodista

Fonseca agota la capacidad metafórica de los verbos. Sus símbolos nos empujan a descubrir nuevos caminos.

José Soroa
Poeta

Voy a quedarme con la imagen del inconforme mayúsculo que fue, que es, Alejandro Fonseca.

Armando Añel
Escritor y periodista

La obra poética de Alejandro Fonseca constituye toda una indagación sobre la condición humana, aun cuando está enmarcada en esas dos provincias del universo que son Holguín y Miami.

Joaquín Galvez
Poeta y promotor cultural

Del libro Golpe en la sombra

CICATRICES DEL CIELO

Me costaría emprender un viaje:
cicatrices del cielo, mi perro asolado
ventanales y el único paisaje huyendo
siempre adentro, cloaca y asombros.
Mi cuerpo comienza a separarse:
en sus grietas sólo hay advertencias.
Al otro lado es el fuego, los augurios
árboles que punzan la piel.
Ante los ojos puede que suenen
campanarios  y recogimiento
y toda imagen termine: cinematógrafo
al descubierto, la tarde perdiéndose.
De nuevo fatiga detrás de las puertas.
Imposible seguir mostrando palabras:
hueco donde los loros rasgan sus colores.
He vaciado mis neuronas, mi bolsillo.
Aprendí a perderme, jardines del sueño.
Mi familia se complacía convocando deidades.
Sin embargo conservo una lengua siniestra
que me devuelve deseos y campos
piel lejana, humo, tierra, masturbaciones.

 

 EL ÚLTIMO BARCO

He padecido el último barco:
pude salvar palabras, conmiseración
y un costado del cielo.
El miedo y su retórica
me adiestraron de cara al sol.
De dónde los profetas
las bestias irremediables
que no pudieron reproducirse.
He visto mi sombra ejercitar
la suerte y la invención.
Sentí el estruendo, las maniobras.
Siempre la guerra se avecina.
Ningún callejón nos llevará a Roma.
Detrás del humo, una bahía derritiéndose.
Abrir una verja no es llegar a la floresta.

 

ZARPAR

Cuando miras la noche
los barcos entre las manos
el error de zarpar, barniz y tachaduras
tras el muro que sostiene equilibrio y miseria.
Vimos arder vastedades en la piel.
El desgaste de contornos, el insecto
que se refugia, su asombro perdiéndose.
Vamos por el campo, ya blanquecina
una mano sobre otra mano
palparon confines, el síndrome, el sueño
que regresa, tal vez la última ebriedad:
una casa, recintos, palomas que huyen
hacia la boca clandestina de una ciudad.