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Jonas Cobos,  autor del bestseller SUSURROS EN LA OSCURIDAD  y otros libros de fantasía, misterio y horror que han estado en las listas de éxitos de Amazon,  ha sido uno de los primeros autores independientes españoles en explorar la literatura steampunk ( ver Serie Melville  Salas).

Cobos hace ahora una incursión en el mundo zombie con su  última novela:  ESTALLIDO Z   que está en preventa en Amazon y será lanzada el próximo 10 de octubre.

Sin embargo, una de las desventajas de las preventas es que no se permite leer el inicio, pero el autor ha accedido a que Eriginal Books publique las primeras páginas de ESTALLIDO Z.

Gracias Jonas por permitirnos compartir estas páginas con los lectores.

 El Encuentro

 Como si no hubiésemos tenido suficiente con las Guerras Vampíricas, el mundo sufrió una nueva convulsión. Debo decir que después de tantas películas reflejando cómo podría ser el hipotético caso de producirse algo parecido, incluso después de habernos tragado tantos episodios de “The Walking Dead” en la cual ya ni los caminantes daban miedo, la realidad vino y nos dio una lección recordándonos que ésta siempre termina superando a la ficción.

Ricardo Rey
Novelista y Superviviente

 

Ricardo releyó el texto y lo observó adecuado; o al menos, así lo consideró. No quedaba mucho tiempo. En pocos minutos el generador se quedaría sin combustible, lo que provocaría el corte del suministro eléctrico del apartamento. Llevaba meses sin haber tropezado con otro ser humano; salvo con alguno que no intentara comerle el cerebro o chuparle la sangre hasta dejarlo seco. Algunas veces se preguntaba si de verdad existiría alguien más en el mundo. Era una posibilidad que se le cruzaba por la mente al ver que nadie se ponía en contacto con él desde la fecha en que decidió retomar el blog. Aunque la red seguía activa, no podía tener la certeza de si existían otros sobrevivientes; y más le valía que si los hubiera, estos tuvieran acceso a la red. Tampoco sabía cuánto tiempo seguirían en marcha los servidores de las compañías de telecomunicaciones entonces abandonadas. Posiblemente no sería por mucho tiempo.

Siguiendo el ritual diario, accedió al panel de control de su blog. Desde allí entró al contador de visitas. En este se veía un número que durante los últimos meses había permanecido inamovible: 10 240 visitas. Fue entonces que ante él se desplegó la gráfica de barras; aunque hubiese sido mejor decir la ausencia de ellas, salvo por un pico en el día anterior. Ricardo quedó petrificado. Seguido, sus ojos bajaron hasta el número que indicaba el contador: 10 241 visitas.

Un parpadeo y quedó completamente a oscuras. El ordenador se apagó y al mismo tiempo la habitación quedó en penumbra. Con el corazón desbocado por lo que acaba de ver, rebuscó a ciegas en el interior del macuto que siempre dejaba a la derecha del monitor del ordenador. Encendió la pequeña lámpara led que de una ráfaga desgarró la oscuridad justo en el momento en que se oyeron los rápidos pasos de un bebedor de sangre entrando en la planta inferior. Sus movimientos se oían rápidos, los que recordaban a una manada de ratas corriendo al unísono. Con ayuda de la linterna siguió rebuscando en el macuto, aunque su mente volvía una y otra vez a la cifra que sus ojos habían visto: 10 241. Sus manos aferraban la lámpara sin precisión producto de las aceleradas palpitaciones que sentía en su corazón. Tratando de calmarse, pasó su mano derecha por encima de la frente acariciando su cada vez más escaso pelo castaño. La idea de alcanzar la edad de cuarenta y siete años para verse atrapado en un mundo infestado de zombies y vampiros, no era lo que podía decirse el tipo de vida que se había imaginado para sí mismo. Ni si quiera lo había imaginado durante los años en que se ganó la vida escribiendo todas esas historias de terror llenas de monstruos. Monstruos que irónicamente se habían convertido en sus vecinos de forma permanente.

Dirigió la lámpara led a la pared detrás del monitor. En ella leyó en grandes cifras el número que ahí mismo decidió escribir como referente para asegurarse de que no se equivocaba: 10 240. Ya no le cabía ninguna duda al respecto. Alguien, en alguna parte, logró acceder a la red, usó un buscador y sus anotaciones en el blog aparecieron en primer lugar. Tenía que ser así. Su blog era el único activo y el único que generaba un flujo de datos. Lamentó no haber tenido el tiempo suficiente para comprobar la localización desde la cual se había accedido al blog. Tendría que esperar al día siguiente para averiguarlo. Encendió la lámpara ultravioleta y la dejó apoyada a escasos metros de su lado. Eso sería más que suficiente para mantener a raya a cualquier chupasangre que lograse entrar en el apartamento. En cuanto a los zombies, aquella zona parecía estar más o menos limpia de ellos.

***

La calle 56 se convirtió en su zona de supervivencia. Esta comúnmente no era frecuentada por los muertos. A diferencia de lo reflejado en la ficción, en el mundo real los zombies se movilizaban en manadas, actitud que quizás compensaba su poca inteligencia o la torpeza de sus movimientos; y enfrentarlos en un número muy elevado, era cosa imposible. Lo cierto era que, dentro de esa torpeza, a medida que se agrupaban en mayor número la agilidad de estos se agudizaban ganando mayor rapidez. Ricardo Rey estaba convencido de que su capacidad de reunirse en grupos había creado en ellos una especie de inteligencia colectiva.

El día en que decidió mudarse, nunca imaginó que ese apartamento ubicado en Manhattan llegaría a convertirse casi en una cárcel para él. A su salida, se veían las calles bloqueadas por coches abandonados o accidentados. Él pedaleaba en dirección a Central Park montado en una bicicleta de carreras. Ya hacía algún tiempo le había adherido dos alforjas de cuero, las que le permitían transportar objetos sin necesidad de que el vehículo hiciera esfuerzo por el exceso de peso. En más de una ocasión esto le había salvado la vida. La bicicleta de carreras no había perdido la rapidez y la ligereza de su desempeño original. Giró en la calle Broadway hasta el Columbus Circle. Recordaba haber visto un ciber-café justo al lado de una tienda de reparación de zapatos. Y no se equivocaba, al ubicarse detrás de las escaleras del metro, junto a un descolorido cartel anunciando una nueva temporada de “Nation Z”. Ricardo se detuvo mirando el cartel con un gesto irónico.

“Ahora sí que realmente nos hemos convertido en la Nación Z. Incluso puede que seamos Mundo Z.”

Su agente estuvo a punto de conseguirle la oportunidad de que accedieran a que escribiera el guion de uno de los episodios de la serie. Este recuerdo incomodó a Ricardo. Antes de los zombies, incluso antes de las Guerras Vampíricas, él había sido un afamado escritor de novelas de terror. Increíblemente, ahora se había convertido en protagonista de la peor historia de terror y, posiblemente, en el único sobreviviente en todo el mundo. O al menos, eso era lo que había creído hasta hace unas horas. Por primera vez en los últimos meses, su blog había recibido una visita, aunque no había señal de algún comentario.

Bajó de la bicicleta y la empujó hasta la puerta del ciber. Pegó su rostro al mugriento escaparate intentando vislumbrar si había algún muerto atrapado en su interior. Golpeó el cristal varias veces y esperó unos minutos antes de decidirse a entrar. Empujó la puerta que cedió sin problema. Se adentró llevando consigo la bicicleta y la apoyó al lado de la puerta. La luz que entraba por el escaparate le permitió investigar sin tener que echar mano a la linterna. Accedió a la trastienda y su corazón dio un vuelco al comprobar que contaban con un generador. Muy a su pesar, no quiso alegrarse demasiado pronto. No sería la primera vez que el generador estaba sin alguna gota de combustible. Desenroscó el tapón y escrutó el interior del depósito. Al parecer, la suerte parecía estar de su lado. Si desconectaba el mayor número de aparatos eléctricos quizás lograría que un ordenador funcionase durante algunas horas, tiempo más que suficiente como para ver desde dónde habían hecho la visita a su blog, pudiendo así dejar un mensaje directo al visitante inesperado.

Regresó a la sala principal y procedió a desconectar todo lo que pudiera estar conectado a la red eléctrica, dejando únicamente enchufado el ordenador que le pareció el más moderno y el enrutador de la conexión ADSL. Tras revisarlo por segunda vez, accionó el arranque del generador que pudo encender al tercer tirón. Unos largos segundos de espera, y el característico pitido anunció que la computadora se había iniciado sin problemas.

***

Tecleó con rapidez. Ahí estaba de nuevo. No había ninguna posibilidad de error. 10 241. Pulsó sobre el enlace del registro geográfico y al instante se desplegó en la pantalla un mapa de los continentes. Ricardo Rey tragó saliva y su corazón dio un vuelco cuando la imagen le mostró una chincheta virtual clavada sobre el mapa de los EEUU. Movió el ratón y accionó el ampliador de imagen. El mapa creció hasta centrarse sobre la isla de Manhattan.

—¡Dios! —exclamó con un alarido en seco, mientras era incapaz de detener el temblor de su cuerpo.

El mapa cambió situando la chincheta virtual en la Tercera Avenida con el cruce de la Calle 86 Este. No recordaba que hubiese visto algún cybercafé por las inmediaciones de aquel punto, aunque también podía tratarse de un domicilio particular.

“Querido/a visitante desconocido/a. No estás sólo. Por fin puedo alejar de mí esta terrible angustia que me ha atormentado durante todos estos días. Tenemos que encontrarnos. He localizado tu dirección y voy a dirigirme hasta allí. Mis esperanzas se han renovado y espero que también las tuyas”.

Dejó el comentario tan deprisa como pudo; el generador estaba perdiendo potencia. Envió el texto y luego de recibir la confirmación de su recepción en los servidores globales, apagó el ordenador y desconectó el generador. Sacó el mapa de su macuto y marcó con una “x” la localización del visitante desconocido y la del ciber en donde él se hallaba. Finalmente, colocó una rápida anotación indicando que el generador aún conservaba algo de combustible.

En el exterior, se ajustó las correas del macuto hasta fijarlo al máximo a su cuerpo. Iba a entrar por Central Park y ello significaba que tendría que pedalear con todas sus fuerzas y tan rápido como pudiese. Era arriesgado adentrarse a dicha zona, pero su ansia por ver a otro ser humano venció cualquier temor. Se impulsó con fuerza y en poco tiempo llegó a West Drive. Enfiló en dirección a Center Drive apretando al máximo el pedaleo. Su último encontronazo con una manada de zombies se había producido en aquel lugar y no tenía ninguna intención de dejar que se le acercasen tanto como la vez anterior.

Al principio no fueron más que rumores, pero con el tiempo casi nadie puso en duda la veracidad de dichos comentarios. Las primeras víctimas del llamado Estallido Z, fueron creadas en un laboratorio con el propósito de usarlos como armas que pusieran fin a la guerra de los vampiros. Pero como siempre ocurre con las armas, estas acaban por volverse en contra de sus creadores. Y no importa si fueron obra de los humanos o de alguna de las facciones vampíricas que ansiaban con hacerse con el control del mundo. El resultado fue que no quedaba ningún mundo que dominar. Al final la mayoría de los vampiros perecieron de inanición, mientras que los humanos… bueno, Ricardo Rey llevaba meses creyendo que era el único que no fue devorado por un muerto o exprimido por alguno de los chupa-sangre supervivientes.

Al llegar a la altura de East Drive tuvo que frenar en seco. Varios árboles caídos le bloqueaban el paso. Entonces sucedió; el tan temido murmullo de gemidos, gruñidos y el ruido de mandíbulas batientes resonó a sus espaldas. Una manada de zombies se las había arreglado para tenderle una emboscada. Intempestivamente, el ruido se había vuelto atronador y Ricardo no quiso ni imaginarse el tamaño de la manada. Giró a su derecha embistiendo contra los matorrales y los arbustos que le franqueaban el paso, justo a tiempo como para ver por el rabillo del ojo izquierdo a una marea de muertos andantes yendo tras él.

***

Alzó la bicicleta y la tiró al otro lado de los arbustos. Por primera vez, fue consciente de lo acertado que había resultado la idea de moverse por la ciudad en una bicicleta de carreras. A pesar de cargar no más de seis kilos y medio de peso, su vehículo se deslizaba sin dificultad alguna. Atravesó las matas y los arbustos, cuando de repente un desnivel le provocó una caída. Haciendo caso omiso de los rasguños y los cortes que había sufrido, levantó de inmediato la bicicleta y pedaleó como nunca lo había hecho antes. Fue entonces cuando a su espalda se oía una marea de muertos que gruñían lanzándose torpemente contra los cercos de matorrales. Ricardo Rey por ningún momento dejó de pedalear. Conocía de sobras que estos no detendrían a los zombies. Lo mejor era alejarse lo más rápido posible. Retomó el camino hacia la dirección desde donde se había efectuado la visita a su blog y enfiló por East Drive. Al llegar a Terrace Drive, giró a la derecha saliendo de Central Park, torció a la izquierda entrando por la Quinta Avenida. El corazón le bombeaba con tremenda fuerza al ritmo que sus pies empujaban los pedales de la bicicleta. Transcurrido el tiempo, obtuvo el coraje necesario para reducir su velocidad, mirar por encima de su hombro y comprobar que había logrado dejarlos atrás.

Ricardo Rey frenó y apoyó un pie en el asfalto. Su respiración seguía agitada. Los edificios de su alrededor empezaron a girar a su alrededor, cerró los ojos al tiempo que se obligaba a respirar con más calma, de lo contrario acabaría hiperventilándose. Contó hasta diez, abrió los ojos sin dejar de contar, enfocando su mente en el conteo.

—Eso ha sido una estupidez —se reprochó a sí mismo.

No había ni rastro de los muertos andantes. Ricardo permaneció mirando la extensa avenida, imaginando cómo la manada de zombies aparecían por el cruce con Terrace Drive, o se acercaban saltando por la pared del Central Park. ¡Le habían tendido una emboscada! El aturdido novelista tragó saliva, el nivel de inteligencia de las manadas estaba creciendo. ¡Se las habían ingeniado para derribar algunos árboles y obstaculizar el camino!

La primera vez que vio una manada no necesitó mucho tiempo para darse cuenta que, aunque el comportamiento de estos seguía siendo errático, actuaban con cierta coordinación. Al menos la suficiente como para atrapar a algún sobreviviente desprevenido. Mas nunca había presenciado nada comparable con lo que acababa de ver.

Se volvió de nuevo. Su respiración había acabado por recuperar su ritmo normal e inició el pedaleo con normalidad. En unos minutos llegaría al Museo Metropolitano de Arte. Según la indicación que había anotado en el contador de visitas, su destino tenía que estar aproximadamente por la zona abarcada por la Milla del Museo.

Se detuvo frente a un desvencijado toldo verde que a duras penas se sostenía sobre unas barras que custodiaban la entrada de un hotel, o lo que quedaba de este. Los primeros meses tras las Guerras Vampíricas fueron los peores. A pesar del fin de los enfrentamientos, los saqueos y las peleas a muerte entre los humanos sobrevivientes no cesaron. En realidad, no lo hicieron ni cuando el brote Z se estaba extendido a nivel mundial. Acostumbrados a que nos gobernasen los vampiros, cuando estos prácticamente desaparecieron, los humanos fueron incapaces de restaurar un orden y combatir contra los zombies. Es por ello que acabaron sucumbiendo a la ya imparable plaga.

Rebuscó en el macuto el papel con la dirección y verificó una vez más que aquella era la dirección correcta. Desmontó de la bicicleta y se la colgó al hombro. Se aproximó a la puerta e intentó visualizar su interior a través de los sucios cristales. El aspecto del inmueble no era muy alentador. El sol empezaba a ocultarse entre los rascacielos y no había forma de saber si el lugar estaba deshabitado o no.

***

Apoyó la bicicleta en el mostrador de la recepción y esperó unos segundos a que sus ojos se habituasen a la penumbra. La mayor parte de las ventanas de esa habitación estaban bloqueadas con tablas y no dejaban pasar rastro alguno de luz. Sacó la lámpara de rayos ultravioleta y la encendió. No tenía ni idea de cuánto tiempo iban a durar las pilas, pero siempre era mejor prevenir que no tener que lamentar un inesperado mordisco. El silencio reinaba. Ricardo descartó la presencia de muertos andantes, pues de haberlos habido ya se le estarían echando encima.

—¡Hola! ¿Hay alguien? ¡Me llamo Ricardo Rey! —esperó unos segundos—. Desde aquí has visitado mi blog.

Un quejumbroso quejido sonó por el hueco de la escalera cercana al mostrador. Al principio Ricardo llegó a creer que había sido producto de su imaginación, y sus intestinos estaban deseosos de que así fuera ya que comenzaban a moverse inquietos en actitud de protesta. Sólo una vez en su vida sus tripas se habían agitado de esa forma. Ese fue el día que por fin le llamó su agente para decirle que las ventas de su primera novela ya superaban las de varios autores de renombre, entre los que figuraban Dean R. Koontz, Peter Straub, entre otros. Tan sólo uno de ellos estaba por encina del suyo y ese era el maestro del terror Stephen King. Ese día tuvo que despedir a la agente precipitadamente e ir corriendo al cuarto de baño. Días más tarde su médico le comunicó lo evidente. Las situaciones estresantes le habían afectado el aparato digestivo actuando como el mejor de los laxantes. Ricardo echó a mano a toda su voluntad, respiró profundamente, y repitió la llamada.

Fue entonces cuando obtuvo como respuesta el ruido de golpes provenientes de la planta superior. Estos venían acompañados de una casi inaudible petición de ayuda. La reacción de Ricardo fue espontánea. Sin esperar, ni pensar que podía tratarse de una trampa —bueno, en realidad pensó en ello al llegar frente a la sala desde el lugar en donde parecían provenir los gemidos—, esgrimió la lámpara como si se tratara de una espada láser y cruzó el umbral.

Un bufido como el de un gato sonó entre los escombros que estaban a su derecha. Sorprendido, Ricardo saltó hacia atrás enarbolando la lámpara y moviéndola a su alrededor.

—Por favor… —sollozó una débil voz adornada por dos puntos rojos—. No quiero hacerte n… ningún daño.

En un recoveco, del que brillaban las dos ascuas rojizas, se formó el demacrado y pálido rostro de un vampiro. Su aspecto era semejante al de un anciano de noventa años. Este extendió una escuálida mano que a su vez deslizaba sus delgados dedos en señal amistosa.

El novelista abandonó su postura en actitud defensiva y observó con curiosidad al chupa-sangre. Su aspecto no dejaba dudas acerca del tiempo transcurrido desde que el vampiro se había alimentado por última vez. Ricardo consideró la posibilidad de que estuviera lo suficientemente debilitado como para no suponer una amenaza para él. Apagó la lámpara y la devolvió al macuto.

—¿Tú eres el que visitó mi blog? —preguntó finalmente.

Una de las manos se desvaneció en la oscuridad del refugio formado por los escombros. Un segundo después, regresó sosteniendo un teléfono móvil de última generación y se lo tendió al escritor.

—Usé mis últimas reservas de fuerza para activar el generador del hotel y entrar en tu blog —se detuvo unos segundos y luego prosiguió con la explicación—. Quise dejarte un mensaje, pero el generador se detuvo antes de poder hacerlo. No pude cargar la batería del móvil lo suficiente y se me apagó. Necesito de tu ayuda.

Ricardo Rey no daba crédito a la situación que estaba viviendo. ¡Un vampiro pidiéndole ayuda!

—Necesito alimentarme de tu sangre —rogó el agonizante vampiro.

 

Hasta aquí llegó el adelanto...  ESTALLIDO Z  en preventa en Amazon