Diseño de portada: Ernesto Valdes

Diseño de portada: Ernesto Valdes

Cuento del libro  TEMPORADA PARA SUICIDIOS de Manny López 

La presentación será el 25 de septiembre en New York, 7 pm
898 St Nicholas Avenue, 9th Floor, New York, New York 10032

SUICIDIO EN EL CORAZÓN DE LA PEQUEÑA HABANA

“Te dije varias veces que esa canción me la dedicó Alejandro Sanz a mí. Nos encontramos en secreto en mi último viaje a Miami. Me paseó por la bahía en su yate y mientras conducía me cantaba la canción, just for me. No me creas bobita, allá tú”. Así hablaba por los codos la expresidenta del CDR de mi cuadra. Ahora vivía en Lanzarote, en las Islas Canarias, y se había convertido de la nada en representante de artistas. En realidad nadie conocía a los artistas que ella repre-sentaba, pero bueno, mejor no indagar mucho. Nos unía una amistad de toda la vida, aunque a veces, bastante áspera.

Me había llamado dos días antes de llegar para decirme que se quedaría en mi casa. Nada de si podía, no, qué va. Me comprometí a recogerla en el aero-puerto pero le dije claramente que ni pensara que iba a estacionar y entrar. Nada de eso: ella tenía que salir y esperarme.

El martes pasado fui y la recogí como habíamos quedado.  Me quedé en un tacón cuando la vi esperán-dome en la acera como Penélope.  ¡Dios mío, pero qué avejentada estaba Pangyulian! Venía con un vestido “requeteapretao” color cobre, botas de vaquero de tono mostaza y unos aretones dorados que le daban cierto parecido a Boy George. Cuando me divisó le dio por empezar a dar gritos, alzaba las manos como si estuviera en un concierto de rock o algo parecido. Una locura total esta niña. Busqué un espacio y estacioné y la verdad me dio tremenda alegría verla. Nos abrazamos como cuando nos peleábamos y al cabo de los días nos arreglábamos y nos volvíamos a ver. Ella no había cambiado nada, yo por mi parte estaba tan retraída que a veces ni me reconocía yo misma. Me miró de arriba abajo como ella solía hacerle a todo el mundo. Me dijo: “Pero Caridad, ¿qué tú haces para estar tan flaca? Chica, ¿tú no comes pastelitos de guayaba ni nada de eso en esta ciudad que en cualquier esquina hay una cafetería cubana?”. Le dije que casi no comía, la mayoría del tiempo vivía a leche con chocolate. Ella no me lo podía creer, con lo que nos hartábamos las dos en aquellos tiempos en que ambas nos turnábamos para salir con el cincuentón aquel que trabajaba arreglando edificios viejos. Mira que la vida cambia.

Nos subimos al coche que mi marido me había comprado antes de divorciarnos. Me hizo cien mil pre-guntas en los veinte minutos que tardamos en llegar a casa. Me tenía mareada: “¿Esas “chancleticas” son Prada o falsas de esas que venden los chinos? Ese “pulovito” Tahari está precioso, ¿dónde lo compraste?” Y así fue todo el trayecto. No me dejaba ni contestarle las preguntas. Ella misma juntaba una con otra sin dejarme pronunciar palabra. Antes de entrar a casa tuve que gritarle que se callara un poco. Desafiante respondió: “Mi querer, pero tú estás muy falta de ma-cho”. Me eché a reír, fue tan ella al decirlo que me desarmó totalmente.

Ya en casa la llevé para su habitación, que esa mañana había limpiado y arreglado como si llegara la Duquesa de Alba. A mí que no me gusta despilfarrar, hasta flores le compré. Ella se quedó con la boca abierta al entrar. “Cari, mi niña, pero tú eres barroca hasta en el exilio” dijo burlándose. Se tiró de un golpe en el chaise lounge antiguo que compré con el dinerito que había recibido del divorcio, por eso de que nunca había tenido uno y no podía respirar sin tener uno parecido al de la Garbo en mi biblioteca/cuarto de visitas color rosa pálido. Dio un grito de alivio al quitarse aquellas botas de vaquero que parecían un horror. Se veía tan en control de todo como siempre, aunque creo haber sentido algo raro cuando me hablaba más tranquila, sin los gritos habituales en ella. Le ofrecí algo de tomar y me pidió vino tinto. “¿Tienes algún vino francés, mon cheri?” me dijo como si hablara francés. Le contesté que no tenía ningún vino francés, que aquí en esta casa se consumían vinos argentinos. “¡Ay, qué cambiada estás monada, tú tan europea que eras en la isla!” exclamó y se acomodó en el chaise lounge. “Bueno, está bien, argentino entonces” me contestó sin mirarme, como si yo fuera su filipina.

Al rato vine con mi bandeja de plata comprada en la tienda de los muertos y mis copas vintage que ha-bían pertenecido a los Gómez Mena, y que yo le había robado a mi prima cuando me botó de la casa, pero eso es otra historia que ahora no viene al caso. La encontré algo llorosa, no era la misma persona que hacía un momento me había gritado y que aparentaba estar controlada  siempre. Parece que no esperaba que yo volviera tan rápido y la encontrara en ese estado. “¿Pasa algo, Pangyulian?” le pregunté con la poca dulzura que quedaba en mí. “No chica, nada. No es nada”, me contestó algo molesta. Le serví el vino, brindamos y ambas nos quedamos con los ojos cerrados un rato, quizás demasiado tiempo.

Desperté primero que ella y me llamó la atención lo brilloso que tenía el pelo. Como no estaba despierta del todo no me di cuenta enseguida que el pelo brilloso aquel estaba medio de lado, o sea que tenía puesta una peluca. Me asombré una vez más, pero cómo era posible con el pelo que tenía esta niña de jovencita. Parece que de mirarla tanto hice que se despertara. “Ay, qué pena, me quedé dormida” me dijo. “Tran-quila, que las dos nos quedamos dormidas” le contesté calmándola. “¿Quieres pasar al baño?, tienes el pelo un poco alborotado, vaya, fuera de lugar”. Le entró una risa insoportable, nada contagiosa, más bien burlona: “Tú llamas pelo a esta peluca que llevo puesta desde hace más de dos años”. “Perdona, no me había dado cuenta que era una peluca” le mentí. Se levantó con bastante esfuerzo y fue directo al baño. Al cabo de unos minutos le empezó a sonar el celular. Parece que lo oyó porque me gritó: “No contestes, que no quiero que sepan que ya estoy in town”. Casi me caigo de la silla cuando la vi salir del baño: se había quitado la peluca y estaba completamente calva. Parecía una marciana. Sonrió, pero no como solía, y revisó su celular. Se le iluminó la cara que cada día estaba más redonda y más china. Me hizo una señal con los dedos para que no hablara mientras ella marcaba un número. Se oyó la voz de un hombre con acento andaluz que le contestó. Ella, de este lado, sonreía como una adolescente: “Sí mi vida, ahí estaré, claro que sí, me encantará conocer a tus amistades” decía con una zalamería típica de ella en sus buenos tiempos. Colgó y me dijo que por favor la dejara en el Versailles, pues tenía que reunirse con su enamorado y sus amigos. Le contesté: “¿Pero de qué enamorado me hablas, corazón de melón?” “Oye, ¿pero tú estás demasiado lenta o es que no te asienta la Yuma?, “mijita” te dije que Alejandro Sanz me ha dedicado una canción, que está arrebatado por mí, que estamos en algo, lo que pasa es que él es un tipo demasiado ocupado y yo vivo en esa puta isla. Imagínate, salí de Cuba para terminar en una isla peor”. Recordé la conversación y no quise seguir preguntando. “Vamos te dejo en el Versailles”.

De camino se arregló el maquillaje, se puso un pañuelo en el cuello y se colocó unos guantes rojos que sacó del bolso. Me quedé en una pieza, no  entendí para qué los guantes con el calor infernal que había. “Dime, sé sincera, no seas envidiosa, ¿cómo me veo?” La verdad que sentí lástima, pero logré una sonrisa rara en mí y le dije: “Estás guapísima, muy maja”. Se le dibujó una sonrisa de oreja a oreja como cuando éramos jóvenes y hacíamos travesuras. Se veía tan bonita y tan rara. “No te preocupes por mí, te llamo cuando vaya a regresar a tu casa” dijo como si fuera una niña escapada de casa. Me dio un beso y se bajó del auto rápidamente.

No supe más de ella hasta que la policía me llamó esa madrugada para que fuera a la morgue a identificar el cadáver. Casi muero yo también al oír al oficial dán-dome la noticia. Al llegar me contaron que una cama-rera vio todo y fue la que avisó a la policía y contó lo que había pasado.

Pangyuliang llegó y encontró a su enamorado sentado con un grupito en las mesas del salón de atrás. Al llegar vio cómo una rubia de piernas largas se sentaba en las de él  y lo besaba una y otra vez. Casi le dio algo. Se puso furiosa, roja de ira. Llegó y tomó a la rubia por los brazos y la apartó, dejándola caer al piso. Al enamorado se le saltaron los ojos y la abrazó efusivamente. Ella le dio un empujón y en buen cubano le dijo: “Ten mucho cuidado conmigo, gallego de mierda, que yo me doy candela pero primero te la doy a ti”. El enamorado le dijo: “Mi querer, recuerda que soy andaluz”.  “A mí no me interesa de dónde tú eres gallego piltrafa, ¿qué hace esta rubia teñida aquí? Búscale un taxi y que se vaya, pero de una vez. Además, no creo que ella te mame el culo como lo hago yo”. Medio restaurante se volvió a ver quién había dicho semejante cosa, mientras el enamorado recogía a la rubia y se reía “disfrazando” el momento. Pangyuliang se sentó y llamó al mesero que estaba casi a punto de un ataque de risa: “Mi niño, ¿me puedes traer un vermouth?” le dijo de lo más fina. Todavía el enamorado no había podido ir a buscar un taxi a la rubiecita, que era un mar de llanto, en el piso. Ella lo miró fijamente. Él no pudo más y se paró delante de su cara y le dijo bien bajito: “No voy a hacer lo que me dices. Esta mujer es mi novia y no la pienso mandar a ningún lugar. Lo nuestro terminó y punto. ¿Vale? Si quieres te quedas y actúas como debe ser o te vas”. Pangyuliang se quedó callada, pero se le veían los lagrimones correr por esa cara de china cansada de tanto correr mundo. El mesero apareció con el vermouth. Ella se lo empinó de un tirón. El enamorado ayudó a la rubia a sentarse a su lado, mientras Pangyuliang se levantó sin mucho ruido y fue hacia la cocina. Dicen que salió corriendo de la cocina empapada en alcohol y con unos pastelitos de guayaba en la boca. Al llegar al estacionamiento rayó el primer fósforo: los otros los encendió por inercia porque ya estaba desplomada y en llamas con su vestido color cobre y sus botas de vaquero de tono mostaza.